También relacionado con la superstición. Se trata del torero americano John Fulton, nacido en Filadelfia en 1932 y afincado en Sevilla donde vivió hasta su muerte en 1.998 a causa de un infarto de miocardio.
Fulton, no solamente es que, destacó como torero, es que fue un personaje polifácetico. Pintor y escultor, por cierto según me informaron unos amigos desde Sevilla, era muy cotizado, no solamente como pintor, también como escultor. Sus obras se vendían muy bien y algunas empresas llegaron a encargarle la confección de carteles.
Había tomado la alternativa de manos de José María Montilla en presencia del diestro venezolano César Faraco. Cuando prácticamente se había retirado de los toros, se hizo apoderado haciéndose cargo del torero japonés Yasuhiro Shimoyana, expèriencia que duró poco por la gravísima cornada que sufrió su poderdante.
Pero bueno, vamos con la anécdota. Al hacerse torero, de lo primero que se percató fue de la enorme cantidad de colegas que eran supersticiosos. Fulton poco a poco fue eliminando todas las supercherías. El color del vestido, el número 13, los sombreros en la cama, los gatos negros, etcétera. Pero hubo una que le afectó bastante. La presencia de un entierro.
Una tarde que se dirigía a la plaza en el coche de cuadrillas, se cruzaron con un entierro. Curas, monaguillos, ropas funerarias, y los acompañantes de riguroso luto.
La cuadrilla se asustó, Fulton reaccionó. Bueno, como no soy supersticioso, adelante. Al poco rato después de adelantar al cortejo fúnebre, otra vez se volvieron a cruzar y así hasta tres veces.
Más tarde en la plaza tuvo una actuación redonda. Cortó dos orejas y salió en hombros.
Cuando regresó al hotel, un amigo le dijo;
Que ruina te has buscado John.
¿Porqué?
Pues porque a partir de ahora si quieres tener una buena tarde tendrás que tropezarte hasta tres veces con un entierro para tener suerte.
Y aún dicen que no hay supersticiosos.
Le digo a usted guardia…









