Los políticos que se valen del populismo barato que les otorga la prohibición de ciertos festejos taurinos con el objetivo de conseguir cuota de poder sin tener en cuenta al pueblo, sólo demuestran su nulo interés por la voluntad real de los ciudadanos y sus derechos.
Triste y decepcionado. Así me siento en estos momentos. Triste porque las prohibiciones de todo tipo de festejos taurinos se multiplican por nuestra geografía como un plaga y no se percibe reacción contundente por parte de los profesionales del sector. Decepcionado porque la gran mayoría de los nuevos políticos que ahora ocupan puestos de mando en las Instituciones llegaron a los cargos abanderando un respeto a la libertad que era mentira, pues en realidad lo que se ha demostrado es su empeño en prohibir todo aquello que a ellos no les gusta o no entienden, algo más propio de regímenes dictatoriales que democráticos.
Es imperioso ponerse a trabajar de inmediato porque la justicia es lenta, demasiado lenta, por mucho que esté del lado taurino. De hecho, aunque la Constitución deja bien claro su amparo a la tauromaquia, cada vez se dictaminan más negativas para autorizar festejos populares, y en Valencia, por ejemplo, Compromís ha planteado ya la petición de acabar también con las corridas de toros. Ante tal panorama muchas peñas y asociaciones de aficionados han tomado las riendas pretendiendo salvar todas las modalidades del toreo de la apisonadora antitaurina, aunque la realidad es que, a pesar de que no se ha perdido la guerra, se siguen perdiendo batallas.
La estrategia de los detractores es clara: acabar poco a poco con la afición de base. Saben que no pueden liquidar de golpe la tauromaquia, así que van aniquilando las raíces de los pueblos –y si consiguen impedir la entrada de menores en las plazas mejor– para que en un futuro próximo no haya cantera que acuda a los toros.
Con tal panorama parece complicado ganar la guerra final. Hay demasiados políticos cargados de odio sin sentido y pocos capaces de defender al sector con los mejores argumentos. Falta conocimiento de la materia, y la tele, que podría ejercer la labor de divulgación necesaria, tiene prácticamente abandonado el tema taurino. La puesta en escena y en valor del campo bravo sería la mejor publicidad, la que podría cambiar la visión de mucha gente que valora más los diez minutos de lucha en la plaza que los cuatro o cinco años de vida esplendorosa del toro en libertad.
Hace sólo unos días, el ganadero Fernando Cuadri contaba en una charla que invitó a su finca a uno de los principales detractores del toreo en el Parlamento Europeo. Cuando aquel alemán vio la dehesa y el esmerado cuidado que el animal bravo goza cambió su visión y discurso. Y es que no hay nada mejor que conocer de qué se habla. Por eso, mientras no consigamos mostrar a la sociedad los valores de la tauromaquia, que van mucho más allá de los artísticos, tradicionales e históricos, será complicado que quienes portan una venda en sus ojos decidan quitársela. Los toros son ecología pura, economía creciente, puestos de trabajo… y vida.
Hay que intentar cambiar la opinión pública con argumentos. Hay que desenmascarar a quienes manejan los hilos antitaurinos de forma interesada. Hay que destapar a las multinacionales del sector de las mascotas que financian los ataques contra la tauromaquia. Y hay que denunciar a quienes sólo buscan votos fáciles a través de la sensiblería barata y de la reiteración de mentiras, entre ellas, por ejemplo, que el toro embolado se queda ciego. No se pueden consentir engaños malintencionados ni directrices unidireccionales como que ‘debemos evolucionar’. ¿Hacia dónde debemos evolucionar? ¿Hacia donde ellos dictan? ¿Por qué no hacia donde determinen los taurinos?
Tan tópico como cierto es que muchos de nuestros gobernantes mezclan la afición por los toros con su animadversión por España y por cuanto destile españolismo, sin querer entender que la Fiesta no es nacional sino internacional, y que su historia tiene un alto componente de izquierdas, pero sobre todo democrático y plural. Todos cuantos se valen del populismo para conseguir sus objetivos de poder sin tener en cuenta al pueblo sólo demuestran su ausencia de escrúpulos y de interés por la voluntad real de los ciudadanos.
Por eso yo estudiaré al máximo mi voto en las próximas elecciones generales huyendo de aquellos que crean polémicas que no existen en las calles y que priorizan un supuesto bienestar animal a temas tan delicados como el empleo, la sanidad, la enseñanza o el bienestar humano. Toros sí, respeto sí. Sensiblería, populismo y mentiras por votos no.









