La Navidad, cada año, vuelve a tratar de marcar una tregua en la contienda diaria. El mensaje lanzado hace ya 20 siglos sigue vivo y vigente en buena parte del mundo actual que, aunque luego no lo tenga en cuenta para nada, estos días parece tomar un respiro en su enloquecida vorágine cotidiana.

Pues eso, ¿qué? Que Sevilla repita la temporada, Madrid supere el buenísimo nivel de asistencia, Valencia suba más, Pamplona siga con el ejemplo de siempre de llenazos y Bilbao, ay Bilbao, que se aleje de la ruina de estos años anteriores.  

Muchos alcaldes se las ven y se las desean para lidiar entre las consignas que sus partidos envían desde las “oficinas centrales” y los deseos de sus vecinos. Demasiados dirigentes de formaciones políticas no pisan las calles y no sienten la fuerza de las raíces, las pasiones y la cultura popular, lo que desemboca en pretensiones prohibicionistas alejadas de la voluntad del pueblo.

Son éstos de final de año días de repasos, recopilaciones, tertulias y premios. Raro es el día que no se sabe de la concesión de trofeos, entrega de galardones y fallos de jurados. Fallos que hay que tomar en su doble acepción, pues no son pocos los que tienen poco tino en sus decisiones.

Os la deseo. Tiene que ser muy torera. Miremos al portal y al Niño y a su Madre y también al buey, animal con cuernos. Y olvidemos los Santa Claus, Papá Noel y similares que se nos presentan como alternativa. Es sorprendente, aunque en este mundo ya no, que el Niño que -con su Nacimiento- creó la Navidad sea escondido e ignorado en tantas ocasiones entre muchas luces y muchos árboles.

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