A ningún político se le ocurre cuestionar multitud de labores de riesgo extremo. Faltaría más. Practicarlas entra dentro de las libertades de los individuos y nadie debe inmiscuirse en el derecho que todos tenemos a elegir y disfrutar de nuestras pasiones. Sin embargo todo el mundo pretende tener potestad para legislar en contra de la materia taurina.
Ha sido la única figura que ha dado la cara en una campaña complicada y difícil, muy necesitada del esfuerzo y apoyo de los principales.
Como de todo hay que extraer enseñanza y aprovechamiento, la pandemia que ha puesto patas arriba al mundo, y mandado a la enfermería al sector taurino, deja ver que hay temas que vuelven a evidenciar vigencia.
Mirad a Córdoba. Mirad su Corrida de la Hispanidad. Mirad lo que ha supuesto y supondrá en la minitemporada del coronaví. Miradla y veréis:
Dicen que los toros no tienen color político, pero la verdad es que hay quien se empeña en dejar bien claro que el antitaurinismo sí que lo tiene. Gran parte de la voluntad abolicionista más parece un intento por contentar a una parte del electorado muy vociferante y de colocar a miembros del partido que un movimiento con una base sólida que haya analizado el desastre medioambiental, ecológico, zootécnico, económico, histórico, artístico, festivo y personal que ello comportaría.
Nos tenemos que animar. Ahí estuvo Córdoba. La primera y la única de las plazas de primera. Ahí estuvo Toledo en sus dos versiones de la capital y Consuegra. Y ahí Fuengirola. Ahí está la catarata de novilladas sin y con picadores que no cesa, con las Escuelas, Centros oficiales, Federación y televisiones privadas y públicas. Qué ejemplo más bueno.






