El tal Simón, don Bernardo Cazes, Simón Casas para el toreo, habla mucho, sin parar, apasionadamente, y es como el sifón enviando fuera más burbujas, que se disipan, que agua, que se desparrama, pero es divertido y original. Y reconocer su gran mérito empezando de la nada hasta llegar al imperio taurino que hoy tiene. Y además en tierra extranjera. Y añadiendo lo difícil que es colarse en el mundo del toreo. Y ya no digo conquistarlo.

Bueno, pues parece que la justicia en España, al menos, no va tan mal y, quizá con cierta lentitud -hay cosas, y entre otras la vía judicial, que deberían ser más inmediatas para que su efecto fuese más visible y efectivo- pero funciona. Y a la vista está, aunque parezca que mucho listo y espabilado pueda irse de rositas. No señor.

Algunos empresarios han manifestado su deseo de reducir festejos a lo largo de la temporada esgrimiendo que así se conseguiría que las corridas ganaran en expectación y fuesen consideradas un gran acontecimiento. Sin embargo cada corrida es un acontecimiento en sí. Lo importante es que los toros sean bravos, los toreros se comprometan y los empresarios hagan carteles del interés de los aficionados. Es posible que restar festejos pueda beneficiar a algunos empresarios, pero no a la tauromaquia. ¿Alguien puede imaginarse a la FIFA impidiendo que el Madrid-Barça se celebre más de una vez al año para que el partido gane interés?

Hará como un cuarto de siglo, o puede que un poco más, Joaquín Vidal  publicó un libro así titulado en el que repasaba el toreo del último  tramo del siglo XX, utilizando como título esta frase hecha que tanto  se utiliza para pretender resaltar la importancia y magnificencia de  lo que se hace en el mundo del toro.

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