Que nos ha tocado vivir una época mala, está claro. Que hay que lidiar con moruchos y marrajos de poca o nula casta y menos nobleza, es evidente. Pero lo que no deja de chocar es cómo y porqué hemos consentido que haya llegado a gobernar -o, mejor, mangonear- cierta clase de individuos -e individuas- que no tiene formación, preparación ni educación.
“Mientras no sea incompatible ser al mismo tiempo empresario y apoderado el sistema no será justo, ni siquiera lícito”. Es un tópico, pero es cierto. El poderoso decide que torean los suyos y quienes tienen algo para compensar. El resto a rezar para que llegue un milagro. Y de vez en cuando incluso se produce, lo que maquilla la inmoralidad de un régimen demasiadas veces tirano.
Menos mal que se ha ido mayo, mes tradicional de alegría, pero que este año nos trajo tristezas. Una muy lenta, la de José Luis Suárez-Guanes, y la otra, un zarpazo, la de Francisco Baruqui. Se nos fueron los dos y nos dejaron vacíos.
Dicen que nos encontramos en uno de los mejores momentos de la historia de la tauromaquia, tanto por el alto grado de toreabilidad que presenta el toro actual como por la perfección técnica alcanzada por los diestros que hoy se visten de luces. Y a tenor de lo visto en algunas plazas, con algunos toreros frente a determinados toros, no se puede oponer reparo alguno ni hacer objeciones. Es así.
Madrid, con su férrea exigencia, a menudo aparentemente desmesurada, equilibra la excesiva generosidad de otros cosos para que la verdad acabe imperando. No sería bueno que otras plazas intentasen emular su dureza, pero también sería nefasto que Las Ventas perdiese su rigor.
Un grupo antitaurino ya ha dejado ver sus intenciones y ha estado enredando -y dejando ver sus carencias y vergüenzas- en Alicante para intentar que se retire la imagen de Miguel Hernández del cartel anunciador de la feria de Hogueras.






