Creíamos que con la pandemia habíamos tocado fondo y no se podría ir a peor; que superar aquel tremendo mazazo sería un punto de inflexión a partir del cual todo sería mejor y que, poco a poco, las cosas se irían encauzando de manera mucho más positiva…
Uno de los debates en esta sociedad complicadísima que padecemos, a todos los niveles, es si es conveniente o no poner en los carteles a los toreros que están muy vistos, sin tener en cuenta si es por los años, por su influencia o también -y decisivamente- por sus méritos. O quizá por el cambio de cromos, tópico que sirve para taparlo todo, criticarlo a mansalva o utilizarlo siempre para creer tener razón.
Pues MORANTE otra vez. Las aprovecha todas. Esta vez al recoger el premio Nacional de Tauromaquia del Ministerio de Cultura ante la presencia de los REYES, visiblemente satisfecho FELIPE VI. Y MORANTE vestido, con mucho valor para la ocasión, impecable de corto, sombrero de ala ancha y bastón reivindicando muchas cosas. Y orgulloso de ser torero siempre, especialmente en esos momentos especialmente importantes. Olé MORANTE.
Aunque los problemas crecen y aumentan de manera ya muy preocupante en prácticamente todos los ámbitos de nuestra existencia, por fin tenemos Ley de Bienestar Animal, con la que muchos pueden dormir tranquilos y otros más consideran insuficiente y pobre al no entrar a saco en el tema taurino.
Lo prometido es deuda por lo que les voy a contar la bonita historia de LA DANZA DE LOS TAURINOS. Nacida en 1973, en febrero, hace ya, por tanto, 50 años. Bodas de Oro. Pocos casos, poquísimos, en el periodismo español. Lo mejor, lo que ha durado y que apenas ha sido copiada y la mucha información que ha llegado a los aficionados y a los que no lo son tanto.
Ya se han hecho oficiales los carteles de las primeras ferias importantes de año y el nombre de Rafael Rubio “Rafaelillo” no aparece en ninguna de ellas. El torero murciano merece como pocos un tratamiento mejor por parte de las empresas taurinas, que no están siendo justas con él ni con los aficionados, que siempre se han emocionado con su toreo y se lo han reconocido. Hay más casos similares, pero el de Rafaelillo es flagrante y ejemplifica el funcionamiento actual del sistema.






