Lo nunca visto en San Isidro son los No Hay Billetes con carteles flojos o regulares, sin uno rematado, todos los nombres muy repartidos, todos con algún aliciente salvo cuatro o cinco carteles manifiestamente mejorables,  carteles hechos para pagar bien  a uno, medio bien a otro y al tercero, la merienda. Todo muy pensado y muy equilibrado.

La plaza de toros de Las Ventas siempre fue la más influyente del orbe taurino. Triunfar en ella es tremendamente complicado por la exigencia de su afición, de ahí la importancia y repercusión de los éxitos conseguidos sobre su arena. Y así debe seguir siendo aunque ahora el coso madrileño no tenga la fuerza de antaño. Pero sus abonados no deben confundir la insolencia con la severidad. Respeto y rigurosidad pueden ir de la mano.

Su ancestral dominio de la propaganda ha hecho que el anuncio del Ministro de ¿Cultura? avisando de la supresión del Premio Nacional de Tauromaquia corra como la pólvora y soliviantado, sobre todo, a los aficionados, a los que no faltan motivos para el disgusto.

En la vida, que en gran parte es injusta,  en consecuencia muchas situaciones  lo son. O por mala suerte, por errores propios o ilógicamente porque sí. Unos tienen menos méritos y están arriba y otros, con más, ocupan un nivel inferior. Ocurre también que los que dependen del público, no atraen todas las simpatías que merecen.

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