Cuando la feria de fallas es ya historia, consumida como esos magníficos monumentos de cartón y madera que le dan forma, reducidos a ceniza, convertidos en humo, en una extraordinaria alegoría de lo que es nuestro paso por este río que va a parar al mar que es el morir -Jorge Manrique-, al margen de  esta reflexión, baldía  para casi todos, en lo taurino deja notas de no poco interés.

Los números no entienden de debates ideológicos y hablan con claridad. Los datos de asistencia, abonos y participación popular revelan una realidad marcada por el crecimiento, la renovación del público y el impulso decisivo de la televisión como gran escaparate de la Fiesta.

No es la primera vez que sucede ni, lamentablemente, será la última. Las plazas cada vez acogen menos aficionados -y muchos menos de los que de verdad sepan y entiendan- y sus tendidos se pueblan mayoritariamente de un público festivo que sólo busca diversión, sin analizar ni tener en cuenta qué es lo que sucede en el ruedo. Sólo quieren orejas como prueba de que la función ha valido la pena.

Como el resto del pueblo español. Como también casi todos los países del globo. El mundo taurino no podía ser menos. La locura no sé si es leve, normalita o grave. Que cada uno opine. Me limitaré a reflejar los hechos.

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