Y sin lugar a dudas: las más taurinas de la historia. En la temporada se habían acumulado acontecimientos que la hicieron singular, distinta, importante y hasta histórica, pero lo de las Navidades hay que verlo para creerlo. Se ha cerrado el año con cambios que nadie se esperaba.

La decisión de adelantar carteles y abrir taquillas con tiempo demuestra que, cuando hay visión y trabajo, la fiesta gana presencia, credibilidad y atractivo. Pero tan importante como acertar en el márquetin es hacerlo en la confección de los carteles: sin justicia ni coherencia, ninguna buena idea termina de sostenerse.

Esta Navidad entre platos de turrón y carteles de feria, tan madrugadora, nos encontramos que, mirando el panorama nacional, podrido, demente, o las dos cosas a la vez, los “políticos”, aceptados por el gloriosísimo pueblo español sin mover una ceja, desprecian al toreo una vez más y no ponen ningún nombre torero en las Medallas de Oro al mérito en las Bellas Artes.

Ya hacía unos años que no sucedía nada parecido. Entonces fue en la Comunidad Valenciana y Navarra. Ahora la mala saña ha tenido como escenario tierras vascas, donde el espectáculo taurino está fuertemente arraigado no precisamente desde ayer e interesa, desde distintos aspectos, facetas y enfoques, a miles de ciudadanos. Pero para la rabia ciega eso no importa.

Pues sí, también en esto hay que insistir. 2025 tuvo muchas cosas buenas, como la temporada de Morante, récord televisión pública taurina y la avalancha de jóvenes en los tendidos, pero ha seguido arrastrando una lacra importante como la Tauromaquia del Pico, que ya llevamos mucho tiempo padeciéndola, y otra, pero con menos años de tortura, como la Tauromaquia de los Avisos.

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