Con el inicio de la feria de San Isidro Madrid pasa a ser no sólo la capital de España, sino del mundo, del taurino, por supuesto, convirtiéndose en el punto de mira y foco de atención de los aficionados de todo el orbe. Lo que suceda a partir de ahora en el ruedo de Las Ventas tendrá, o no, una trascendencia puede que definitiva para sus protagonistas.

Cuando aparecieron en su día los carteles de las ferias de abril de Sevilla y los de San Isidro 2023 el espectro de la comunicación global, antes periodismo, ya desaparecido, se llenó de opiniones críticas. La base era la falta de oportunidades y la repetición otra vez de los carteles muy vistos, en los que siempre aparecen casi los mismos.

Por muy bien que toree, por sublime que lancee con el capote, por profundo que surja algún natural, por mucho que corte orejas en plazas de pueblos, si los éxitos no suceden en los cosos de categoría, el torero no conseguirá alcanzar su objetivo de subir enteros en su consideración y cotización. Para ser figura del toreo, poder exigir y pasar a la historia, los triunfos han de producirse donde sale el toro con trapío, donde el público es exigente, donde la prensa analiza y da fe de lo sucedido, y donde sólo los mejores son capaces de sacudirse la presión para acabar expresándose en plenitud.

Sevilla 2023, adelante o atrás, menos o más. Y la eterna polémica, cuando hay muchas Puertas del Príncipe, muchas orejas, muchas faenas de dos, muchas vueltas al ruedo a toros destacados. Y hasta un rabo 52 años de sequía. ¿ Es, entonces, todo maravilloso? ¿Lo mejor es que sea justo, ya no riguroso, o llevado por la alegría y el optimismo? Muchos coinciden en que el público de Sevilla y ese palco convulsionado han bajado muchos enteros. Otro que no, que tanto entusiasmo, verdadero, falso, exagerado, razonable, ilógico o sensato  aumenta la afición a los toros.

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