Siempre se ha dicho que el torero que no se está apoderado por una casa grande, de las que manejan el negocio taurino, lo tiene más complicado para sacar cabeza, para gozar de oportunidades, para ver recompensados sus esfuerzos y resultados con más contrataciones. La afirmación, lejos de ser un tópico, es una realidad que se perpetúa época tras época. Los defensores del sistema dirán que así es la competencia, que el mérito siempre acaba imponiéndose; pero lo cierto es que fallan los despachos, algo que no era justo antes ni lo es ahora.

Este 26 de agosto se cumplen ocho años desde que nos dejó Dámaso González Carrasco, el torero que llevó el nombre de Albacete con orgullo y que sigue siendo, aún hoy, uno de los mayores símbolos de nuestra tierra. Ocho años sin su presencia, pero con su recuerdo más vivo que nunca en el alma de Albacete.

Aunque parezca mentira, o broma, de cuando en cuando siguen apareciendo noticias que si hace ochenta años o un siglo aún hubiesen podido tener una cierta normalidad debido a las circunstancias de hace tanto tiempo, ahora no deberían ocupar lugar y resultan tan anacrónicas como preocupantes para la salud del espectáculo taurino.

Suele haber, como siempre, brindis buenos, vulgares, emocionantes, protocolarios, oportunos, agradecidos, cortos, largos... De todo. Ahora se está intensificando una costumbre de brindar en pleno ruedo a los que van vestidos de paisano cuando el brindador se empeña en sacar del callejón y a veces también hacerles bajar del tendido y plantarlos en la arena para ofrecerles el discurso, la  montera y el detalle de cariño y/o reconocimiento que eso significa.

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