Hace unos días falleció Enrique Moratalla Barba. Tanto con los pinceles como con la cámara un artista extraordinario, un fenómeno, un portento, un genio. Un personaje único, irrepetible. Uno de los últimos bohemios auténticos. Le idolatraba y le apreciaba con todo mi ser. Le quería de verdad y no me despedí de él. Y eso me pesará por siempre.
Había un crítico famoso que sólo escribía de lo que se acordaba de la corrida. Nunca tomaba notas. Tampoco yo me acuerdo, que sí tomo notas, y tras ver este año más de 100 corridas, de demasiadas cosas de este 2018.
Si Milton levantara la cabeza, se supone que con el cerebro recompuesto, intacto y en su mejor momento de entendimiento y razón, se llevaría un no pequeño chasco al comprobar, cuatro siglos después de que se publicase su más famosa y célebre obra, cómo entiende la gente, sobre todo en España y en el ala más radical de su población, su epopeya sobre el bien y el mal, haciendo especia hincapié en la cuestión de porqué Dios permite el sufrimiento si en su mano está muy fácil evitarlo.
Aseguraba el ganadero Leopoldo de la Maza que “a los toros hay que ir a pasar miedo, y a través del miedo crear arte”. Pero el miedo provoca angustia y paraliza. Por eso soy partidario de que el arte fluya a partir del valor. Porque el valor activa y causa admiración. Para ello hace falta que confluyan toros bravos -que planteen problemas y al mismo tiempo den la posibilidad de solucionarlos de diferentes modos- y toreros con halo de héroes. Sin toros bravos, sin toreros héroes y con miedo “esto se va cayendo solo”, algo que también afirmó don Leopoldo.
Quince años, que se dice pronto, han pasado desde que se firmó en París la Convención para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial por parte de la UNESCO. Y fue la Asociación Internacional de Tauromaquia la primera en utilizar los mecanismos de protección que este tratado internacional había habilitado para perpetuar la Tauromaquia como legado cultural.
Lo confesó Victoriano del Río hace unos meses: en el campo hay bravura de sobra. Es una gran noticia para el sector taurino, porque la bravura es el mejor argumento contra la monotonía, el aburrimiento y las intenciones abolicionistas. Cuando hay toro no hay crisis, la afición aumenta y los cosos se llenan. Lo han de entender los criadores y sobre todo los matadores. El toro es la solución.






