Acabó 2018 y antes de pensar ya en el nuevo año hay que recordar qué dio de sí, y de no, el anterior. Al empezar una aventura todo es esperanza. Al terminarla todo se ha hecho experiencia.
Oro taurino. Oro de Oreja de Oro. Oro de triunfo, de alegría, de competencia, de valor, de democracia, de voto en libertad para elegir al mejor matador de la temporada y al mejor ganadero. Oro puro.
La Navidad de este año tuvo unas vísperas, al margen de un nuevo intento de buscar protagonismo por parte de nuestro Gobierno y del desgobierno de Cataluña, protagonizadas por un torero, Paco Ureña, que eligió Valencia -y no por mero capricho- como escenario para anunciar que no se rinde y que vuelve a torear en 2019.
Es el único partido que desde el silencio total o la marginación tremenda sufrida durante años y ahora como protagonista actual y gran protagonista futuro, según la opinión pública y la publicada, defiende totalmente el espectáculo taurino. Es muy importante porque puede ganar muchas batallas.
Sigue tensa la situación en torno a la tauromaquia en, curiosa y sorprendentemente, el país en el que se desarrolló, normalizó, regularizó y adquirió carta de naturaleza. Sigue tensa, en general, la situación en el país en el que buena parte de su historia, tradición y cultura derivan, precisamente, del toro y su trato con el hombre. Sigue tensa la situación en un país al que a muchos avergüenza llamar por su nombre: España.
Los activistas antitaurinos no cesan en su empeño por derribar cualquier simbología que desprenda taurinismo. Sus proclamas contagian a una sociedad cada vez más buenista y simple. Las reacciones del sector profesional suelen ser pocas y normalmente se producen a destiempo. Las firmas nacionales huyen de publicitarse en el mundo de los toros por temor a posibles presiones de los antis. Así las cosas, habrá que conformarse con el apoyo desinteresado de Rosalía, Bertín Osborne y ahora Chivas Regal, la prestigiosa marca escocesa de whisky que acaba de dar una lección a los empresarios patrios.






