Clamor. Hasta he recibido vídeos de amigos antitaurinos “para que disfrute” por si no lo había visto. Nunca me había pasado. Nunca había visto tanto enloquecimiento general. Nunca a un presidente cumpliendo su promesa. Nunca así a hombros hasta el hotel. Y vídeos a miles.
Empezamos por algo increíble: la prohibición de actuar a los enanitos toreros en espectáculos taurinos. Viene de la “democracia europea” -que se las trae- y la acoge entusiásticamente -vaya tropa- la “democracia española”.
Tres días en la feria de Abril de Sevilla han servido para impregnarme de ambiente taurino y recargar las pilas de una pasión que a orillas del Guadalquivir se vive sin complejos y con una intensidad muy superior al de otras latitudes. Mi visita anual a La Maestranza refuerza mi afición y se ha convertido en una costumbre que espero con anhelo cada temporada
Con la muerte de Fernando Sánchez Dragó se ha vuelto a poner de manifiesto el tan especial carácter español y no han sido pocos los que han aprovechado la desgracia para arremeter contra uno de los personajes más preparados, inteligentes y atractivos de nuestra cultura.
Pues todo cambia. Y cómo cambia, afirmaba en mi artículo anterior. Pues ya lo está haciendo José Tomás con sus corriditas de sus 4 toritos que las tragan enfervorizadamente unos cuantos españolitos, a los que ustedes definirán si pueden y lo ven claro.
Vamos a los toros, a la plaza de toros, a los toros de la calle, al toro embolado, al toro de cuerda. El toro es el común denominador que nos une. Muchos aficionados al toreo en plaza han mirado a la gente de la calle por encima del hombro, y se equivocan. En la calle están las raíces, la tradición y el poder. Si la calle aguanta la tauromaquia pervivirá, y el toro está fuerte en la calle le pese a quien le pese.






