Con una clase práctica en Bocairente, organizada por la muy activa y encomiable Escuela de Tauromaquia de la Diputación de Valencia, la temporada en Valencia echó el cerrojazo. Una temporada, en términos contables, a la baja.
El Ilustre Colegio de Abogados de Valencia prepara una Jornada sobre el vínculo entre crueldad hacia los animales y violencia hacia las personas. En el programa no aparece la Tauromaquia, pero es de suponer que será uno de los temas que acabarán tratándose. No estaría mal que el sector taurino pidiese información sobre las materias que se impartirán en el curso y exigiera que en él no se falsee la verdad del toreo.
Al margen de la tan increíble como extraordinaria belleza que surge del duelo entre el hombre y el toro en el marco de una plaza y durante la celebración de un festejo -y de otras muchas connotaciones de orden tanto estético como técnico-, la verdadera grandeza del toreo estriba en la posibilidad cierta de la cornada. De la cogida. De unas consecuencias que pueden ser fatales.
Matadores, novilleros, becerristas, banderilleros y hasta monosabios resultaron cogidos de gravedad durante la última semana oficial de la temporada taurina en España. Y es que la gente del toro se juega la vida de verdad, una afirmación que, por manida, demasiadas veces provoca indiferencia.
Anda ya la temporada buscando las tablas y queriendo echarse cuanto antes. No ha sido un año fácil y su lidia, complicada. Graves percances, lesiones severas, retiradas, ausencias prolongadas, decisiones polémicas...
La última comparecencia de Antonio Ferrera en Madrid, una actuación en solitario durante la Feria de Otoño, ha desatado pasiones y rechazos. Con sus virtudes y defectos, Ferrera fue pasión, inspiración, serenidad, improvisación, variedad, dinamismo, arrebato, magia… Nadie se aburrió en una tarde completa de total entrega. Por supuesto que se está en el derecho de valorar si hubo momentos en los que no toreó con el asentamiento de no sé quién. Pero es que Ferrera no es ese “no sé quién”, sino él mismo, y así hay que aceptarlo.






