Fue paseado a hombros sin necesidad de orejas.
Sevilla, 16 de abril.
Real Maestranza de Caballería.
Quinta de la Feria de Abril.
Lleno de “No hay localidades”
Toros de Álvaro Núñez.
Morante de la Puebla, de corinto y oro, silencio y vuelta al ruedo.
Juan Ortega, de oliva y oro, ovación y silencio.
Víctor Hernández, de grana y oro, oreja y ovación.
Emilio Trigo (Burladero Tv)
Foto: Burladero Tv
La Real Maestranza de Sevilla vivió una de las tardes más intensas, emocionales y difíciles de encerrar en palabras de los últimos tiempos, marcada por la irrupción de un acontecimiento artístico irrepetible protagonizado por Morante de la Puebla, cuya obra desbordó cualquier lectura reglamentaria y dejó la plaza suspendida entre la emoción, el asombro y la incredulidad. La jornada comenzó con el toro “Nenito”, con el que Morante realizó un primer capítulo de temple y buenas maneras, aunque sin mayores opciones de lucimiento. El animal, de justa fuerza y transmisión limitada, derivó en una faena correcta pero sin eco, silenciada por un público que aún no había entrado en la temperatura de la tarde. Sin embargo, todo cambió con la salida del cuarto, “Colchonero”, cuando la plaza asistió a una de esas explosiones de arte que desbordan cualquier lógica. Morante de la Puebla firmó una faena que ya pertenece al territorio de lo legendario: un recibo a la verónica de belleza irrepetible, un quite desatado, banderillas de otra época y una muleta convertida en instrumento de creación absoluta. Sentado en una silla, entre el delirio de los tendidos, construyó una obra que trascendió la técnica para convertirse en emoción pura. Cada muletazo fue un acontecimiento, cada cite un pulso con la eternidad. El toro, de gran clase, permitió la escritura de una de las páginas más extraordinarias que se recuerdan en la Maestranza. Solo la espada privó de un triunfo máximo que la plaza ya había concedido en el alma. La ovación fue interminable, con dos vueltas al ruedo en un clamor unánime que convirtió la tarde en leyenda viva.
El segundo del lote, “Campiñero”, encontró a Juan Ortega en una faena condicionada por la resaca emocional del prodigio anterior. El toro, incierto y de movilidad irregular, permitió destellos aislados en una labor correcta y voluntariosa que no logró romper el clima de ensimismamiento del tendido, aún atrapado en lo vivido minutos antes. Con el quinto, “Barredor”, la Maestranza seguía en ese estado de recogimiento. Juan Ortega volvió a mostrar su concepto clásico y entregado ante un toro de mayor presencia pero de escasa entrega final. La faena, firme y digna, quedó diluida en un ambiente de indiferencia emocional, sin poder escapar del eco aún vibrante de la obra de Morante.
En el tercero, “Agua Clara”, Víctor Hernández dejó una actuación de gran firmeza y sensibilidad, destacando por su temple al natural y la pureza de su planteamiento. El joven diestro construyó una faena de notable nivel, premiada con una oreja tras una estocada efectiva, en una de las actuaciones más redondas de la tarde desde el punto de vista torero. Finalmente, con “Trampero”, el sexto, volvió a brillar la entrega de Hernández ante un toro de buena condición pero escasa duración. Su labor, brindada precisamente a Morante de la Puebla, tuvo momentos de sinceridad y buen gusto, especialmente en los terrenos de cercanía. Aunque la espada no permitió redondear el premio, el público reconoció su disposición con una ovación tras petición.
La tarde concluyó con una sensación difícil de repetir: la de haber asistido a un acontecimiento donde el toreo alcanzó cotas de expresión artística absoluta. Morante de la Puebla salió a hombros por la Puerta Principal por decisión popular, sin trofeos oficiales, mientras la multitud joven invadía el ruedo en un estallido de pasión. La polémica por la negativa a abrir la Puerta del Príncipe y la presencia policial añadieron un último capítulo a una jornada que ya forma parte de la memoria emocional de Sevilla, donde el arte, por encima de todo, se impuso al reglamento.





