Aunque no es nuevo, desde hace unas semanas parece reabierto y vivo el debate sobre la ideología de la tauromaquia. Que si es de derechas, que si es de izquierdas, o al revés…

Paco Delgado
Sin embargo, aunque no sea tema baladí -por su trascendencia y por el calado que pueda tener su publicidad y difusión-, es una controversia inútil y falsa. Los toros no tienen ideología.
Jean Cau, escritor y secretario que fue de Sartre, lo dejó bien claro hace casi sesenta años en su libro Las orejas y el rabo: “Los toros no son de derechas ni de izquierdas”, explicando que él era muy aficionado y, como su familia, no podía decirse que fuese simpatizante de las ideas que pudiera defender la derecha de entonces.
Muchas veces se ha dicho ya antes que los toros son del pueblo. Y bien claro lo dejó un valenciano ilustre, don José Campo, Marqués de Campo y alcalde que fue de la ciudad del Turia, que, mediado el siglo XIX, escribió a la reina Isabel II explicándole que la fiesta de los toros tenía la calificación de “nacional” ya que, habiendo dejado de ser privativa de la nobleza, aristocracia o militares, era del pueblo, dándole a nacional carácter social y, desde luego, muy alejado de la interpretación que ahora se hace del término, asociado al bando ganador de aquella guerra civil que muchos -esos que intentan ahora hacer desaparecer los toros- buscan remover y revivir de manera tan injustificada como demencial.
Pero ya antes eran los toros cosa popular y cada gran acontecimiento era motivo para celebrar fiestas y juegos de toros, en los que siempre tuvo la gente un papel destacado y principal.
Hasta no hace tanto era esta actividad uno de los pocos medios de ascensión social para las clases menos favorecidas -más cornás da el hambre, decía el infortunado Manuel García “El Espartero”, que, como tantos otros, escapó de la miseria poniéndose delante de un toro vestido de luces- y siempre hubo trabajo y pan para quien se hiciese cargo de los animales, su trato y manejo.
Hay no poca demagogia al tratar de usar este tema como medio de enfrentamiento y separación. Divide y vencerás.
El toreo, los toros, la tauromaquia, es algo que está por encima de dogmas o ideologías. No es propiedad de un bando u otro y no debe ser perseguido o denostado por el gusto que produzca en quien no piense igual que nosotros. No pensar así, es muy peligroso.
No han sido pocos -ni son- los que defienden la tauromaquia, su papel, historia e importancia, desde, precisamente, el bando que ahora la ataca y busca su abolición y desaparición.
Rafael Alberti, que hasta se llegó a vestir de torero, era un loco de los toros, casado con la hija de un banderillero valenciano, fue amigo de toreros y autor de numerosos carteles taurinos. Como Miguel Hernández, cuya obra se inspira en gran parte en la tauromaquia. García Lorca, íntimo de Sánchez Mejías y otros diestros. Ortega y Gasset, autor del manifiesto republicano, fue el alma máter de la enciclopedia Los Toros. Luis Miguel Dominguín le dijo al mismísimo Franco que toda su familia eran comunistas. Como Picasso. Como comunista fue Charles Chaplin, que cuando vio una corrida no encontró espectáculo que se le pareciese en grandeza y esplendor. Tierno Galván hasta escribió un libro, Los toros, acontecimiento nacional, en el que explicaba que “los toros son el acontecimiento que más ha educado, social y políticamente, a una nación” y en el que sostiene que los toros expresan los estados de conciencia más profundos del español en cuanto sujeto y objeto de un ámbito cultural propio. Por no hacer larga la lista y cansar al lector.
Está claro que lo que se pretende ahora es, una vez más, hacer daño. Izquierda, derecha, derecha, izquierda… parece que estemos bailando La yenka. Un, dos tres…









