Amurrio se paró ayer a las 20:00 horas, cuando llegaron los restos mortales de Iva´n Fandiño al tanatorio donde será velado y posteriormente será incinerado en el crematorio de la cercana localidad de Llodio.
Será el último y más doloroso paseíllo de su vida, ese que todo los toreros tienen en mente y con el que luchan antes de enfrentarse al toro, el que nunca se sabe que será el último, aunque ya tiene nombre «Provechito». Amurrio está apenas a diez kilómetros de Orduña, donde Iván Fandiño nació y vivió su infancia con sus padres y su hermana. Su familia era muy querida en el pueblo y ayer numerosos vecinos quisieron despedirse de él y expresar su pésame.
Hoy se vivirá otro momento muy duro: a las 19:30 horas se celebrará su funeral en la Iglesia de Santa María. La familia del diestro, que estaba casado y tenía una niña que aún no ha cumplido los dos años, han pedido que puedan vivir ese momento en la intimidad. En Orduña era querido y reconocido, ya que en 2015 fue pregonero de las fiestas de la localidad. Se apreciaba su arte y sobre todo su carácter, directo, alejado de cualquier hipocresía. Fandiño fue el más destacado de los toreros vascos de los últimos tiempos.
Nació en Orduña en septiembre de 1980, en el seno de una familia sin antecedentes taurinos, su destino estaba en un frontón, como pelotari, pero el pequeño Iván tenia otros planes muy distintos y, a pesar de su físico se empeñó en ser torero y lo acabó consiguiendo. Aunque para ello tuvo que recorrer un camino empinadísimo y nada fácil. En las capeas de los pueblos de Cuenca y Guadalajara forjó su espíritu y aprendió la dureza del toreo y, a finales del pasado siglo, recaló en la Escuela de Tauromaquia de Valencia, dirigida entonces por el que fuese matador Francisco Barrios «El Turia» y en la que ejerecía como profesor el antiguo banderillero Joaquín Mompó «Camiserito», con el que intimó y mantuvo una muy buena relación que se ha mantenido hasta el final: «Vino a la escuela en el 98 o 99 y estuvo un par de años. Era un chaval gordito y tenia que hacer una dieta muy rigurosa para perder peso. Pero lo daba todo por bueno por ver cumplido su sueño. De la mano de su amigo Néstor García, y lejos de truses y las grandes empresas taurinas, siguió con su empeño hasta que, el 25 de agosto de 2005, en Vista Alegre, se convirtió, por fin, en matador de toros, al cederle El Juli, en presencia de Salvador Vega, la muerte del astado «Afrodisíaco», castaño, marcado con el número 64, de 517 kilos de peso y de la ganadería de «El Ventorrillo».
Supo de mieles –triunfó en las principales plazas y ferias y estuvo en la élite del toreo– y de hieles –varias fueron las cornadas graves que sufrió a lo largo de su carrera y no pocos disgustos los que se llevó por no amarrar una faena, no estar a la altura en determinadas ocasiones o no ser tratado como su esfuerzo podría hacer esperar–, hasta que el destino le puso enfrente a un toro cuya muerte no le correspondía. Fue al hacer un quite cuando trastabilló y el astdo hizo por él, propinándole una cornada que acabó con su vida.
«Cada toro es una bomba de mano», dijo Luis Francisco Esplá, y esta le explotó al pobre Fandiño.









