Escribano: más allá de lo explicable. Artículo de Carlos Bueno

Han pasado muchas cosas importantes en La Maestranza sevillana durante la primera semana del abono 2024. Éxitos rotundos, faenas contundentes y detalles memorables. Y también una actuación épica que revela hasta dónde es capaz de llegar un torero, Manuel Escribano, que fue más allá de lo humano para engrandecer el sentido de la tauromaquia.

 

 

 

Redacto estas líneas recién terminada la prefería de Abril de Sevilla, justo antes de dar inicio la semana de farolillos. En los primeros siete festejos de abono han pasado cosas importantes. Dos Puertas del Príncipe, la de Perera que sobrevive con una capacidad incuestionable, y la de Daniel Luque que se reivindica con autoridad tras vetos inexplicables. Una rotunda labor de David de Miranda que denuncia una vez más las injusticias que sufren algunos diestros, y otra de Borja Jiménez que ratifica el extraordinario momento que atraviesa y que lo suyo no es fruto de la casualidad. La sorpresa de Calerito que apunta su nombre a la nómina de “posibles”. Y, además, alguna faena que dejó huella y sabor. Pero, sobre todo, sigo impactado con la épica de Manuel Escribano.

 

El toreo es emoción y ésta puede llegar a través de la estética o del valor desnudo y verdadero. En este caso llegó por la segunda vía, esa que es inherente a la condición de torero, que siempre ha de ser considerado el héroe que vence a la fiera, aquel que es capaz de realizar lo que el resto de mortales somos incapaces. Escribano puso el corazón en un puño a toda la plaza que cayó rendida a sus pies ante lo que fue paradigma de hombría, pundonor, raza, honradez, afición y compromiso.

 

Apenas llevaba unos segundos el primer ejemplar de Victorino sobre al albero cuando hizo presa en el muslo del matador de Gerena. Se había marchado a portagayola a recibirlo, y tras media docena de lances le alcanzó para propinarle una cornada de 10 centímetros. Tuvo que entrar en la enfermería para ser operado, pero, a voluntad propia, pidió que la intervención fuese sin anestesia para no perder sensibilidad en la pierna, porque su intención era salir a estoquear al segundo de su lote. No quiero ni imaginar el dolor que tuvo que aguantar mientras le cosían el boquete, ni el momento en que volvió a ponerse en pie para comprobar que podía caminar y que volvería al ruedo.

 

Pidió unos pantalones vaqueros, los recortó a la altura de la rodilla y reapareció sobre la arena ante la atónita mirada de unos espectadores que no daban crédito a lo que estaban presenciando. El asombro inundó La Maestranza, y la admiración creció cuando Escribano volvió al punto de partida, de nuevo a portagayola, para recibir al último de la tarde, el más astifino y peligroso de la corrida. Mermado de facultades puso banderillas para luego, muleta en mano, tragar miradas escalofriantes y finalmente matar de una excelente estocada a toma o daca.

 

No fue faena de pasamanería, sino de titán, de bizarro, de Torero con mayúscula, ese héroe que vence a la fiera y que es capaz de llevar a cabo lo que el resto ni soñamos. La suya fue una actuación que dignifica el toreo, un ejemplo para una sociedad cada vez más acomodada y alejada del esfuerzo y de la verdad, una lección para fantasmas vacuos y frívolos que inundan televisiones y redes sociales, para políticos necios y para “antitodo” que pretenden convencer a los demás que España es otra cosa diferente a España.

 

Estaba justificado, y hasta era lo lógico, que Manuel Escribano se aliviara, que accediera a ser trasladado al hospital. Pero decidió apostar a vida o muerte. Puro romanticismo que manifiesta que el toreo es mucho más que arte. Era consciente de que ante sí tenía un peligro cierto; así que se revistió de gallardía para protagonizar una proeza, una hazaña que va más allá de la profesionalidad para adentrarse en el campo de una responsabilidad cada vez más difícil de encontrar en un mundo en el que predomina lo “light”, lo endulzado, las apariencias. Su gesta deberían repasarla las próximas generaciones de alumnos de Escuelas Taurinas, para que sepan que a veces hay que apartar al hombre para dar paso al torero, para que comprueben hasta qué punto se debe respetar la Tauromaquia.

Nació en Algemesí (Valencia) en 1968.

Director y presentador de programa taurino “El Corro” de Berca TV, Televisión de Algemesí, desde 1996.

Director y presentador del programa taurino “Patio de Cuadrillas” desde su creación en 2002, pasando por LP Radio, Punto Radio, Gestiona Radio e Intereconomía Radio.

Articulista de la revista “Avance Taurino” desde 1998.

Redactor del semanario taurino “Aplausos” desde junio de 2004 hasta agosto de 2005 y director del periódico “La Veu d’Algemesí”.

Ha escrito los libros «Luis Francisco Esplá, toreador», «Plaza de toros de Algemesí» y «Sueños de gloria».