“Ya lo dijo don Dionisio, será una tarde de avisos”. Y no le faltó razón a don Dionisio. Nada menos que ocho avisos en una novillada que desde el principio al fin fue una tarde llena de despropósitos.
Paseillo. Desfilan las cuadrillas y al llegar a la presidencia se detienen. Hay un minuto de silencio. ¿por quién?
¡Ah!, eso ni se sabe, ni se anuncia. Comentarios diversos entre el público. Será por la reciente muerte de Pa lomo Linares, o será por la de hace un mes de Manolo Cortés, tan querido y admirado en esta plaza. O quizás sea por el reciente aniversario (día 1 de mayo) de la muerte de Manolo Montoliu. o quizás sea por el del 7 de mayo (aniversario de la cogida y muerte de Manolo Granero en Madrid.). Todo un mundo de cábalas para averiguar los sesenta segundos de silencio. Tan difícil era anunciarlo por megafonía como se hace otras veces.
Le digo a usted guardia…
También le digo, que sin venir a cuento. (Esas cosas se hacen antes de empezar el festejo). Se intentó regar el redondel, sin mucho éxito, por cierto. La manguera estaba agujereada por dos sitios antes de llegar a la salida final, Por eso apenas llegaba liquido del H2 0. Además de que el encargado tampoco mostraba mucha pericia.
El hecho nos recordó cuando se produjo el incendio de nuestra plaza, allá por septiembre de 1.946. Mis amigos y quien suscribe, estábamos situados enfrente del coso, exactamente donde luego se instaló el kiosco de Cobijano. Eran tantos los fallos y agujeros de las mangueras de los bomberos, que el ingeniero jefe señor Pechuán, se llevó una pitada de las de no te menees pulguita.
Le vuelvo a decir a usted guardia…
También les digo que si Alfonso Cadaval en Algemesí nos dijo poco, tampoco ayer nos hizo cambiar de opinión.
Los que si que cambiaban opiniones y no cesaban de mover la sin hueso, eran nuestro compañero ( y sin embargo amigo ), Enrique Amat y mi querido amigo Pieter Hildering, el holandés que presidió y supongo que sigue al frente de la peña taurina holandesa “El toro detrás del dique”. Buen aficionado y gran entusiasta de Valencia a la que visita desde hace un montón de años.
Y no quiero hablar del despropósito en el tercer novillo. Para sacarlo del burladero, donde había metido la cabeza. después de oír su matador los tres avisos, y no acertar a apuntillarlo desde allí mismo, o desde el callejón. Qué número, qué petardo, qué falta de habilidad, hasta que pasados unos minutos, cuando el mayoral de plaza, Javier, quería llevarse al astado a punta de su gorrilla. Alguien pensó que mejor llevarlo a punta de capote y por eso un banderillero cruzó media plaza por el callejón.
Le vuelvo a decir a usted guardia…
Y no vuelvo a repetirlo.
Laus Deo.









