Los saludos de rigor de todos los años; la cortesía no se debe perder, porque lo cortés ya se sabe que no quita lo valiente. Gentes que desde octubre no veías, otras que desde antes. Y en algunos casos, ni se sabe ni se contesta. En cualquier caso, reencuentros en la fase taurina de estas Fallas del 17 que no se sabe qué prometen. Los pronósticos están en la calle, sí, pero a ver quien acierta el pleno al 15. La teoría, en esto de la tauromaquia, siempre fue una cosa y la realidad otra, bien distinta a veces.
De lo mejor de estos reencuentros, el que tuve con dos amigos, Joselito Murube y Aurora Algarra, matrimonio de raigambre ganadera por ambas sangres y residentes en Sevilla, “Serva la bari” (Sevilla la bella) la bautizaron los primeros gitanos que la ocuparon. Pues resulta una felicidad volver a encontrar unos amigos, cuando tener amigos en el toreo y ejercer al mismo tiempo el periodismo taurino es algo que no casa muy bien. Pero, en este caso, sí que casa, con permiso de este juego de palabras. Aurora vino a recoger el trofeo al mejor toro de la pasada Feria de Julio, aquél “Fusilero” que prometió pocas cosas en los dos primeros tercios y luego, en la muleta, fue una explosión de bravura y fijeza. Con él, Román también explotó. “Salvad al torero Román”, titulé la crónica en El País. Luego vinieron sus éxitos en Las Ventas y, ahora, Román está anunciado en estas Fallas para el próximo jueves y, consecuencia de los méritos contraídos, por dos veces su nombre aparece en los carteles del San Isidro venidero. El futuro está en sus manos.
Ayer, digo, Aurora Algarra recogió el premio por “Fusilero”, un toro con una infrahistoria curiosa: próximo a los seis años, lo trajeron a Valencia como sobrero, después de haber estado en otras plazas, en la misma condición, sin saltar al ruedo. Incluso los profesionales no lo tenían en buena gracia y la tarde anterior fue enchiquerado como segundo sobrero. Al día siguiente ya entró como primer reserva y su destino estaba echado. Si no hubiera sido ese su sino, “Fusilero” hubiera acabado siendo corrido por las calles de la provincia de Castellón. La gloria póstuma le llegó en aquella vuelta al ruedo en su ovacionado arrastre. “Fusilero”, ya en el recuerdo. Aurora Algarra agradeció ese premio, de la misma forma que felicitó al resto de galardonados y a la misma Diputación, porque sigue con su apuesta permanente por la tauromaquia. Mérito tiene esto último, cuando por el palacio de la Plaza de Manises circulan políticos anti-todo. También, pese a sus particulares filosofías, antidemocráticos.
Ayer, el protagonismo del matrimonio ganadero fue para ella: Aurora Algarra. Merecido. Se llevó para Sevilla la estatuilla de Manolo Montoliú, una reproducción en pequeño de la estatua que se levanta en la explanada de la plaza de toros. Obra del escultor de Navajas Manolo Rodríguez. Buen tipo este artista. Por cierto, que la estatuilla pesa lo suyo, que lo suyo pesa.
La gala de entrega de premios fue amena. Se cumplió por la mayoría el protocolo que en estos casos no hace falta recordar, vestimenta apropiada para tan apropiada situación. La nota, nota de falta de saber estar, o quizás provocación deliberada, fue la indumentaria chabacana de algunos diputados que no tuvieron reparo alguno (tampoco vergüenza) de entregar los premios sin el mínimo decoro.
Os cuento más cosas a lo largo de la semana, aunque a punto estuvo ayer de producirse la primera intervención de los galenos de la plaza. Un pequeño desgarro en el gemelo derecho provocado por una casi caída al subir por los escalones de la plaza. Por cierto, no perdonaré a Paco (Delgado) que en vez de asistir al lesionado se descojonara de risa.









