El pañueleo en Las Ventas

Nunca vi más rara la plaza de las Ventas ni me vi tan escéptico. Mucho pañueleo, lo que puede ser bueno o malo. Hay cosas positivas como la cantidad de público que acude a la plaza de Madrid y, sobre todo, a las novilladas y a algunos carteles de relleno. Y novilleros triunfadores que han sorprendido.

 

Queda claro que entre el público cada vez hay más jóvenes, muchos de ellos muy jóvenes y parte casi niños, que forman una buena masa cuando se lanzan a la arena para acompañar en la salidas a hombros a los triunfadores. Niños sí, también, por que se añade una nueva sorpresa : ¿son espectadores de pago, tiene carnet de acceso a la plaza, sacan su entrada o los dejan entrar al final cuando ha terminado el festejo?. La realidad es que vemos a muchos descendiendo de los tendidos, saltando la barrera y llegando a la arena.

Y a novilleros, con pasado o sin él, metiéndose al público en el bolsillo y originando un pañueleo, que termina en orejas y en puertas grandes que se pueden obtener superando la dureza del público, que por ahora no existe, o por justicia, generosidad o regalo. Lo que sí hay es mucho pañueleo pero paradójicamente no suficiente para la ansiada mayoría que siempre proclaman los de la tele que ven pañuelos por todas partes. Sí público pañuelero.

Y después vienen los presidentes, también pañueleros, con mano blanda para sacar los pañuelos que colman los deseos del público. Los del palco deben impartir justicia y no hacer regalos, aunque con los que empiezan se puede tener alguna generosidad.

El pañueleo de la afición puede venir por tanto público advenedizo, entre los que hay que contar con los jóvenes, lógicamente poco formados, pero que tienen pañuelo.

Todo este ambiente lo puede haber ido formando la televisión con tantos festejos en directo que van abriendo los deseos de los espectadores de acudir a la plaza e intervenir en el desarrollo del festejo.

Y mientras el público aprende hasta hacerse entendido, pueden caer puertas grandes que no favorecen al prestigio de la que, se hartan de repetir todos, es la primera del mundo y que en más de una ocasión, y más de dos, no lo parece. No se trata de ser duros, sino justos. Y esto vale tanto para espectadores como para presidentes.

Bueno, queda la parte positiva y clara de la esperanza porque tanto público así lo da a entender, que ahora lo importante es, después del aluvión, que se mantenga como aficionado y siga acudiendo a los tendidos. Ahora no se les puede parar pero sí pedirle a la masa aficionada entendida que no se nos vaya la plaza de las manos.

Que por otro lado es un caso especial en Las Ventas, pero que ya se va extrapolando a otras plazas, por supuesto en el aumento del número de jóvenes, fenómeno que ya parece ser general, aunque cada coso con sus números.

Pañueleo por tanto en los espectadores, jóvenes o menos jóvenes, y no admisible en algunos presidentes que largan el moquero blanco de las orejas en cuanto ven la oportunidad.

Y que la primera lo siga siendo más o menos. La sociedad está como está y los toros es muy dificíl que no se contagien.

Pero la plaza de las Ventas no debe ser fácilmente pañuelera sino justa.

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