Con El Jaro se va uno de los penúltimos supervivientes de las legendarias oportunidades, íntimamente unidas a las capeas castellanas de los pueblos madrileños y de la proximidad de la Alcarria, donde los encuentros con los toros broncos y duros en los irregulares e improvisados ruedos constituían verdaderos duelos de supervivencia.

Antonio Campuzano
El 23 de agosto de 1964, el mismo año del inicio de la oportunidad, se anuncia Federico Navalón El Jaro con Cándido Andrés El Candi y Miguel Pérez Miguelete, con novillos de Juan Sánchez y Sánchez, en la plaza de Vista Alegre, propiedad de Luis Miguel Dominguín, con gestión de los hermanos Lozano, y el patrocinio del diario Pueblo y Televisión Española. La noche anterior, 22 de agosto, sábado, a las once de la noche, novillos de Mercedes Souto Castro para Francisco Prior El Sevillano, Tomás Moreno El Tempranillo, Blas Romero El Platanito, Curro Díaz, Juan Gómez El Peque y Manuel Barro.
“En la prueba de noveles de toda España que apasiona a España entera”, así de ambicioso y heráldico se podía leer el cartel anunciador. El Jaro va unido, pues, desde sus inicios a la “oportunidad”, emblema de la plataforma de lanzamiento de toreros con la ayuda de una popularidad que, transcurridos sesenta años, aún permanece en el léxico del vulgo español como sinónimo de ocasión única para el lucimiento y la brillantez casi nunca más en situación de repetirse.
Veinte años contaba nuestro desaparecido Jaro, con su encendida cabellera pelirroja que le haría reconocible por los pueblos de Madrid y Guadalajara. Recuerdo especial para Torres de la Alameda, donde su par Eugenio Barranco, emparentado en el pueblo, llegó a tener peña propia en la desaparecida hace mucho tiempo Taberna de Félix. Barranco llegó a hacer el paseo como sobresaliente en la alternativa de Curro Vázquez con José Fuentes, mano a mano entre linarenses, en la misma plaza de Vista Alegre, el 12 de octubre de 1969.
Muy contaminado por la cercanía de Torres, asistía todos los años a las capeas en la compañía de Felipe Jiménez, con azulejo en la plaza de Las Cruces, de Guadalajara, y Aurelio Calatayud, luego habitual del salto de la garrocha. Felipe Jiménez arrastró siempre una cojera a consecuencia de una terrible cornada en Torres con afectación de safena y femoral, con trance de extremaunción incluido.
En esta localidad, en aquellas décadas tienen azulejo “sentimental” Federico Navalón El Jaro, Barranco, el adolescente local Antonio Aguirre Maleta que toreaba con habilidad impropia y sin padrinazgo alguno, y los cogidos en percances míticos Macario, Ángel Paloma y Tía Faustina, ésta última cumplidos los setenta años.
El desarrollo profesional de El Jaro le llevó a tomar la alternativa el 18 de julio de 1968, en Vitoria, de manos del colombiano Óscar Cruz con Barajitas de testigo. Su paso fugaz por el primer escalafón le condujo a lucir la plata de los banderilleros y fue miembro de cuadrillas distinguidas como las de Paco Alcalde, Antoñete, Curro Vázquez, El Soro y Espartaco.
Su estatura y el color del pelo peinado a toda cobertura permitían distinguirle con facilidad generalmente a pocos pasos de la entrada por el patio del desolladero. “He visto una corrida de Cabral, en Portugal, que puede servir”, “he visto a un chaval que mueve el capote como nadie hoy día…”. El Jaro “veía” todo en clave taurina. En las capeas de los pueblos desplegaba la muleta más limpia entre todos los trastos de los maletillas voluntariosos.









