En el mundo de los toros, como en cualquier otra actividad humana, y mucho más si es cara al público y la categoría de cada uno depende de su tirón taquillero, las figuras son las que llevan el peso del sector y las que tiran del carro.
El torero cumbre, el mandón, la estrella, el que -como decía Blasco Ibáñez- se conoce más que a los ricos, no ha llegado a ese puesto ni a ese punto por nada. Años de esfuerzo, sacrificio, lucha y trabajo han sido necesarios para que su talento y facultades luzcan y le doten de dicha consideración. Un status que le otorga no pocos privilegios, pero, ojo, también obligaciones y deberes. Como el de dar la cara.
Si repasamos la ya larga y densa historia de la tauromaquia se puede comprobar que los toreros que han llegado a lo más alto han tenido que apechugar con esa responsabilidad, una carga que les ha ocasionado no pocos problemas y muy a menudo el tener la enemiga del público, que -recordemos que España es el país en el que nos ha tocado vivir- suele ser especialista en levantar ídolos para enseguida tratar de destruirlos con por lo menos el mismo ahínco con el que se luchó por levantarlos y destacarlos del resto.
Unos deberes que, ahora y para algunos, parece que no cuentan. Vemos con asombro como, por ejemplo, Morante de la Puebla -paradigma del torero artista, máximo representante actual de una clase de matadores que desde Rafael El Gallo ha tenido multitud de seguidores-, uno de los nombres de mayor relevancia en la actual nómina torera, por un arrebato, un sofocón tras una mala tarde, decide cortar la temporada y dejar colgados no sólo a sus seguidores, sino a los empresarios que le tenían contratado y que sobre él habían levantado carteles, ferias y no pocas expectativas. Y no contento con eso, que ya es, aguarda a comenzar su siguiente ejercicio a mitad casi de temporada y obviando plazas fundamentales y de primer orden.
Y, otro ejemplo, José Tomás, ahora mismo el torero más taquillero, espacia tanto sus actuaciones que hay temporadas que las pasa en blanco, cumpliendo luego campañas en las que torea tres o cuatro -o una- corrida y no entrando en sus planes, desde luego, el anunciarse en la feria de fallas, Sevilla, San Isidro, Pamplona o Bilbao, por recordar ciclos y cosos en los que de verdad se distingue quién es figura y quien figurante.
Ya se que cada cuál piensa de una manera y cada uno tiene sus ideas, planteamientos y planes pensando en lo que más le conviene y ahí no se puede entrar ni discutir, faltaría más. Pero sí que es preciso señalar que, aquí y ahora, cuando se atraviesa un momento tan delicado para la fiesta nacional por tantas cosas -el acoso de partidos radicales y de grupos animalistas y ecologistas; la dejadez e indiferencia del resto de partidos; el abandono de los medios generalistas, principalmente radio y televisión; la pasividad de los dirigentes de la cosa taurina y el desapego de la Administración- es a esos toreros punteros, a las figuras, a quien corresponde acatar el mando y decir aquí estoy yo. Vamos a sacar esto adelante y vamos a poner La Maestranza boca abajo. Y luego Las Ventas. Y el que quiera, o pueda, que me siga. Son los más brillantes, los mejores, como siempre, lo que tienen la obligación moral de estar en el frente cuando las cosas viene mal dadas.
Y no es por señalar, pero en ese plan, y lleva ya casi treinta años, de los pocos que dan ese paso adelante es Enrique Ponce y al que harían muy bien en imitar muchos de esos colegas suyos a los que nos gustaría tanto ver como dan la cara en vez de esgrimir argumentos tan de respetar pero de no compartir.









