Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de uno de los toreros más imprtantes de a historia. Carlos Arruza.
Carlos Arruza nació en Méjico, el 17 de febrero de 1920, de padres españoles, siendo su madre hermana del poeta León Felipe.
Tras presenciar una corrida en la plaza El Toreo ya no quiso otra cosa que ser torero, haciendo su presentación como novillero en la capital de la República el 22 de marzo del 1936, en la plaza de Vista Alegre.
Tomó la alternativa en El Toreo, el 1 de diciembre de 1940. Le apadrinó Fermín Espinosa “Armillita” y fue testigo Paco Gorráez. El toro de la ceremonia se llamó “Oncito” y éste le hirió al entrar a matar.
Confirmó su alternativa en Las Ventas el 18 de julio de 1944, con el toro “Figurón” de Vicente Muriel. Su padrino fue Antonio Bienvenida y atestiguó la ceremonia Emiliano de la Casa “Morenito de Talavera”. También actuó el rejoneador Simao da Veiga. Fue una “Corrida de la Concordia”, pues con ella se celebraba el restablecimiento de las relaciones taurinas hispano mejicanas.
Tras retirarse y ser ganadero, volvió como rejoneador durante algunas campañas, sin alcanzar el nivel que tuvo como matador, muriendo el 20 de mayo de 1966 en un accidente automovilístico. Circulando por la carretera de Toluca rumbo a la ciudad de Méjico.
Para Néstor Luján Arruza fue “un torero iluminado por la genialidad más difícil que se conoce: la voluntad de agradar, y la más perfecta manera de expresarla. En esto, ha sido genial como nadie… quien ha logrado esto, no es un torero vulgar… es un hombre excepcional, como hay pocos en la lista del toreo…”.