“Vivimos de las propinas de Dios”. Esta es una de las múltiples sentencias que se le atribuyen a aquel coletudo de ensueño que debió ser Rafael el Gallo. Un ser de una personalidad fascinante y quien, al margen de sus brillantísimas desigualdades en la plaza, en la calle pródigo frases llenas de ingenio, sabiduría y gracejo. La muerte el pasado sábado de Iván Fandiño no deja de ratificar la veracidad del aserto del denominado Divino Calvo. Y es que si ya todos los seres humanos vivimos de las propinas de Dios, porque levantarse cada mañana es un regalo, lo es todavía más para todos aquellos que ponen en juego su vida en ese círculo mágico que es una plaza de toros. Ha muerto Iván Fandiño, como antes sucedió Víctor Barrio y otros muchos. Una muerte que va a contribuir a engrandecer y mitificar, como sucedió en otras ocasiones la figura de este espada de variados orígenes, con un maridaje entre lo gallego, lo vasco y lo alcarreño. Ahora sorprende, e incluso causa cierto sonrojo, leer o escuchar los elogiosos epítetos que le están dedicando algunos de los que otrora vertieron hacia él comentarios despectivos, críticos e irónicos. Pero la vida es así. Y la muerte de este enrazado torero, quien por cierto ingresó en la Escuela de Tauromaquia de Valencia el 26 de enero de 1999 con el apodo de El Niño de la Antigua, en la que estuvo dos años, ha servido también a volver a magnificar y …






