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El pasado día 24 de junio se cumplió medio siglo de la alternativa de uno de los diestros más destacados de los últimos tiempos. Tres días después de haber actuado por última vez como novillero, de forma harto brillante y triunfal -en una actuación en Valencia no exenta de volteretas y revolcones-, Dámaso González se presentaba en Alicante, el día de San Juan, dispuesto a que Miguelín le convirtiese en matador de toros e iniciar así una de las carreras más sólidas e importantes de la moderna historia de la tauromaquia.

Es el nuestro país de pícaros y lo es de siempre, no es cosa moderna. La novela picaresca ya nos dio ilustres ejemplos de expertos en el arte de la supervivencia en las nada claras fronteras de la ley.

La recién finalizada feria de San Isidro ha sido una de las más triunfales y, a la vez, sangrientas de los últimos años. La razón no es otra que el compromiso que han adquirido los matadores. En general lo han dado todo, se han ajustado al máximo, se han arriesgado sin reservas, y la apuesta ha resultado tan exitosa como accidentada. La exigencia de Madrid es la única que, con un solo éxito, todavía sigue poniendo en valor a los toreros; de ahí la entrega mostrada.

El Viti ha vuelto a triunfar en Madrid. Cuarenta años después de su último paseíllo en Las Ventas, la plaza donde su nombre fue referencia de una época de grandes toreros; y donde batió todos los récords, sin que nadie hasta ahora haya podido arrebatárselos: dieciséis Puertas Grandes -dos de ellas como novillero- a lo largo de su importantísima carrera en los ruedos.

En el arte del toreo imperan las estadísticas, y en especial en el escalafón de novilleros donde las fichas se imponen a las crónicas. O puntúas o te quedas en casa. Hoy se torea mejor que nunca, sobre todo a edades muy tempranas, pero ahora hay chavales que cortan un rabo y al momento no te acuerdas de nada de lo que han hecho, no dejan huella.

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