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Más allá del aplastante éxito de afluencia de la recién finalizada Feria de San Isidro, el ciclo ha supuesto el triunfo artístico de gran cantidad de toreros. Arte y valor se han dado la mano tarde tras tarde, y disposición, compromiso y entrega han sido denominador común sobre un albero donde la heroicidad de los coletudos ha quedado patente.

Otra vez ha sucedido. Y ya son muchas. Y muy seguidas. Si cuando surge una complicación no se aplica remedio, las cosas se agravan. Si el remedio no es el adecuado hay que buscar otro. Pero lo que no se puede hacer es quedarsecruzado de brazos y esperar a que todo se arregle solo.

Aunque demasiadas veces la inanición del sector profesional taurino invita al pesimismo, siempre acaban apareciendo motivos para reilusionarse y pensar que la tauromaquia pervivirá a pesar de todo. La aparición de nuevos valores cargados de interés, el incesante goteo de aficionados jóvenes y la actitud de varias figuras son algunas de las razones para seguir creyendo en el futuro del toreo.

Si de algo está sirviendo la presente edición de la feria de San Isidro, de la que sus Bodas de Platino han pasado inadvertidas para el mundo oficial -ni la empresa gestora ni la Comunidad de Madrid han hecho caso de la efeméride-, al margen de triunfos y otras cosas, es para tomar conciencia de lo mucho que representa el toreo. Que no es si no, nada más y nada menos, una representación de la vida. Ahí es nada.

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