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No pierde ocasión el personal de lucirse y sacar pecho a la más mínima ocasión. Lo malo es que, muchas veces, se hace buscando provecho fácil y arrancar ovaciones, y votos, con acciones de más bien poco valor o ninguno, haciendo ilusionismo ante un público entregado de antemano o escasamente entendido.

Con los carteles en la calle de las últimas ferias (El Pilar y Jaén) es un buen momento para plantearse si las plazas de primera, especialmente Las Ventas, la más grande, la más influyente, y hasta hace años, decisiva, sigue pesando como antes, y hasta ahora más importante que todas las demás. Y me refiero a que los triunfos en Las Ventas significaban consagración de toreros y, sobre todo, firma de muchos contratos. Salir lanzados para la temporada y tener sitio en todas las ferias de primera y de segunda.

El toreo provoca pasiones de difícil explicación. Los aficionados veneran al torero y al toro porque excluir a uno de ellos le quitaría el sentido a un arte que inspira a creadores de todos los géneros y tendencias. Hace sólo unos días Joaquín Sabina se emocionó al comprobar que en uno de sus conciertos estaba presente Curro Romero, que lleva más de 20 años retirado de los ruedos. Cosas de la sensibilidad especial inherente a la tauromaquia.

No sé qué ha pasado, qué mosca nos ha picado o que virus se nos ha inoculado pero parece como si este país, el nuestro, se hubiese vuelto definitivamente no tonto, muerto e invisible, que diría Millás, sino loco. Y de remate. Lo de los últimos días es de traca. Y para asustarse.

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