Tomás Prieto de la Cal representa a una de las ganaderías de más solera de la cabaña de bravo española. Han conservado la sangre veragüeña y se mantienen fieles a su encaste, aunque la tauromaquia posmoderna no tiene estos toros entre sus preferencias. Enrique Amat Este año se ha vivido un año atípico. “Nosotros, como otros muchos, lo hemos vivido de forma angustiosa. Quien se dedica hacer algo, con trabajo y esfuerzo, y consigue unos frutos, y luego no los puede lidiar o vender, es frustrante. Es una tragedia, tanto económica como en lo moral. Porque criar un toro lleva cinco años de trabajo, de esfuerzo, de dedicación, de selección y si luego no se puede vender, es una ruina. De esta forma las explotaciones ganaderas será muy difícil que se mantengan.” Con todo, ustedes no lo han tenido fácil los últimos años. “Y tampoco ahora. Porque en todos estos festejos que se han programado con cadenas de televisión, y en la llamada gira de la reconstrucción, no nos han tenido en cuenta. Ni a nosotros, ni otras ganaderías de nuestro corte. El mundo del toro no elige este tipo de encierros. Por tanto, nos sentimos maltratados tanto por el coronavirus, como por las administraciones que nos tienen desatendidos a los ganaderos, y también por el mundo del toro, que ahora prefiere otro tipo de astados.” La fiesta ha cambiado en los últimos tiempos. Y mucho. Porque debería estar basada en la bravura. La fiesta brava debería ser diferente a todo, pero ahora impera la monotonía más …






