Hoy me pongo serio. Toca, por desgracia. En este espacio siempre trato de contar aquello que se escapa a lo meramente taurino y entra de lleno en lo social, el recuerdo, la evocación, en lo irónico...en definitiva, la sonrisa que siempre se acaba buscando para desdramatizar la actualidad - a veces tan dramática-. Pero, miren por donde, nos topamos con un sujeto que acapara las tres palabras del titular de esta crónica: cobardía, cinismo y desvergüenza. Y tiene nombre y apellidos; político edil del ayuntamiento de Valencia, del PSOE. Su nombre: Ramón Vilar, a quien tengo la suerte de no conocer personalmente. El tal Vilar, autodenominado aficionado a los toros, als del carrer, y a los de la plaza, viene clavando puñaladas traicioneras a esa tauromaquia que dice tanto le gusta y quiere. Hace un año, más o menos, se ausentó del pleno del ayuntamiento cuando tocó votar sí/no al bou embolat en las pedanías de Valencia. Alegó, dicen, que el corazón lo tenía partido en dos: entre su ¿afición? y el partido al que pertenece. Incapaz de dar la cara ante el pleno, aunque luego se abstuviera en la votación, pero al menos dar la cara. ¿Se llama cobardía esa figura? Esta semana, de vuelta el tema al pleno, repite la jugada: se ausenta en el momento del debate, esconde la cabeza en el primer agujero que encuentra y sale cobardemente del hemiciclo. Hasta ahí la cosa se quedaría en simple cobardía. Entre la espada y la pared, en …