Una de las cosas que más compensan al salir de la plaza de toros, después de casi tres horas con las posaderas aplastadas contra el asiento, es un paseo por la Gran Vía, Germanías y Marqués del Turia, tanto monta. Relaja la mente y las piernas, tanto una como otras. No sé a cuál más. Enfilas desde la esquina de la calle Ruzafa y piano-piano dejas que la cabeza dirija los pasos de tus piernas hasta decir basta. O, incluso, prolongas el camino: cruzas el puente de Aragón y coges la recta de la Avenida del Puerto. Se ha convertido en una ceremonia, sobre todo en esta Feria de Julio, cuando pasadas las diez de la noche todo parece estar en calma. A pesar del calor…¿calor? No exagere, por favor!!!
Ese paseo, entre la oscuridad de la rambla central de la Gran Vía, es como escurrirse con sigilo entre las sombras de tanto arbusto. Poca luz; no media luz. Si hay farolas, desprenden tenue albor. Los troncos, supongo que centenarios o casi, parecen fantasmas que escrutan tus pasos, como si de un momento a otro se abalanzaran sobre ti para envolverte entre sus ramas, que más bien parecen tentáculos. Y, de vez en vez, algún ser humano se cruza en el camino. Ayer conté: tres humanos con otros tantos canes, bien agarrados a la correa de sus dueños, olisqueaban por aquí y por allá. Poca más vida a esas horas de la noche.
Entre tanta paz y relajo, me acordé de vivir. Y revivir las tardes de toros de esta Feria de Julio. ¿Para el recuerdo? La tarde de los algarras con Ureña y Román, jabatos vestidos de seda y oro. ¿Ayer? Empalago.
Salut!!!









