Y nos dieron las diez…y pico. Todos los días de feria nos dan más de las diez cuando cerramos ordenador y salimos a la calle. Son los horarios estivales.
Acaba la corrida y el palco de prensa prácticamente se vacía. Quedamos como cuatro o cinco. Enfrascados y concentrados en el portátil; atención: la crónica viajará a su destino en breves minutos. Y la plaza queda en silencio. Los tendidos vacíos. En el ruedo, un operario montado en un tractorcillo arrastra una tabla pesada para allanar el ruedo, tras la batalla librada minutos antes. Las luces se apagan. Todas menos las del palco de prensa, que tiene los suficientes tubos de luz blanca para que la “canallesca” se sienta a gusto. Y nos dieron las diez…
Ayer, cumplida la misión periodística, al salir a la calle tomé sentido contrario al habitual. De camino por la acera de la Estación del Norte, al encuentro de unos amigos con los que compartir durante unos minutos la satisfacción de ver los resultados a tanto trabajo íntimo y personal, cuyos resultados se abrieron ayer de par en par en el ruedo. Una cervecita. Media hora de cháchara, no más, porque nos daban ya más de las once.
Tras el abrazo del “hasta pronto”, retorno por la misma acera de la Estación del Norte. Acostumbrado a pasar tantas veces, siempre de día, y no reparar en detalles, ayer, ya de noche, la estación brillaba con la luz propia de uno de los edificios emblemáticos de la ciudad. Tanta atención concentró, que crucé la calle Xàtiva, a la acera de enfrente para, tranquilo, contemplar la imagen luminosa y formidable de la obra creada por Demetrio Ribes hace ya más de un siglo (1917).
Siempre, que no en ocasiones, las prisas, la vorágine del día a día nos engulle, pasa que no reparamos en la obra arquitectónica de nuestra ciudad. La rutina desvía otras atenciones que nos hace perder, muchas veces, el placer de contemplar una ciudad (la nuestra) con tantas y tantas cosas por redescubrir. O, simplemente, descubrir. Cinco minutos, solo cinco, de mirada fija en esa hermosa fachada que filtrea, desde hace más de un siglo, con la otra obra erigida por Sebastián Monleón (la plaza de toros). Cara a cara; frente a frente. Las dos iluminadas; con una luz que parece salir de las entrañas de ambos edificios. Como una mueca; una media sonrida para el viandante que pasa. Patrimonio de esta ciudad; historia de la misma. Encantado de conoceros. Tanta mirada repartida a izquierda y derecha desde el escaparate de Soriano, que se me hicieron las doce…y casi la una…y casi las dos…y casi las tres…tanto, que me encontré la luna.
Salut!!!