Más de cuatro siglos de historia taurina y una forma de construir una plaza que no tiene réplica en el mundo han encontrado, por fin, el reconocimiento que merecían. Algemesí recibe la declaración de Bien de Interés Cultural para su singular sistema de cadafals, un patrimonio nacido de la tradición popular.

Lo merecía. No ahora, sino desde hace mucho tiempo; más de los 20 años que lleva la propuesta guardada en el cajón de alguna Administración. Lo merecía porque su historia está avalada por más de cuatro siglos de celebración. Puede parecer exagerado, pero es realidad. En el archivo del Antiguo Reino de Valencia se conserva un documento de 1601 que recoge el pago por la construcción de los “cadafalsos” en Algemesí. Pago con dinero público, lo que certifica que la construcción de una rudimentaria plaza para ver toros era ya algo tradicional e importante en esta localidad de la Ribera valenciana que, desde 1373 contaba con un bovalar (y cinco años después con otro más), una concesión que dependía directamente de instancias reales.
El bovalar era una extensión cercada, amojonada y con un uso exclusivo de dehesa, un terreno para que los ganaderos en trashumancia y pastores de la zona tuviesen una zona de descanso y de pasto para sus animales. Los propietarios de vacuno, además de la tasa económica correspondiente para las arcas municipales, debían ceder los ejemplares que pudieran dar más espectáculo para correrlos por las calles. De ahí que Algemesí contase desde la lejana Edad Media con la materia prima para celebrar festejos taurinos. Casi nada.
Ahora, por fin, la Generalitat Valenciana le ha otorgado la catalogación de Bien de Interés Cultural. En realidad la declaración se hace sobre el sistema constructivo de su plaza de toros, única en el mundo, levantada año tras año únicamente con maderas, cuerdas y clavos. La forman 29 “cadafals” independientes que dan sensación de unidad pero que no se ensamblan entre sí, del mismo modo que tampoco está permitido que se apoye en las fachadas de los edificios de la Plaza Mayor, donde se ubica desde tiempos inmemoriales.
El coso siempre tuvo la misma fisonomía, rectangular y de madera. Evidentemente las primeras construcciones se harían sobre carros e irían completándose con troncos, vigas y tablas. Está constatado que a principios del siglo XIX ya se elevaba de una forma muy parecida a la actual uno de los lados del palenque, y que a finales de ese mismo periodo se subastaba el suelo de la plaza para que todas las peñas se adaptaran a un pliego de condiciones que obligaba a construir con idéntica apariencia.
Sólo quedaba unificar el paso inferior bajo los graderíos, lo que hizo el arquitecto Juan Segura de Lago tras reunirse con los maestros de obra en 1942. Desde entonces el sistema constructivo es igual para todas las peñas, y eso es lo que distingue la Generalitat con el decreto que acaba de aprobar. Pero todo parte de antes, de cuando en el siglo XIV el rey concedió el privilegio a Algemesí de disponer de dos bovalars, algo que no conviene olvidar cuando se habla de tradición.
Con esta declaración se garantizan las medidas necesarias para la protección, conservación, documentación y transmisión de los conocimientos vinculados a este sistema constructivo tradicional, considerado un elemento singular del patrimonio cultural valenciano. Algemesí merecía este reconocimiento, y la tauromaquia también.









