Hay tardes que no se explican. Se sienten. Y hay toreros que no se miden por estadísticas, ni por puertas, ni siquiera por las vueltas al ruedo que da la historia. Hay toreros que pertenecen a otra dimensión, a un territorio donde el tiempo no transcurre, sino que se detiene. Allí habita José Antonio Morante de la Puebla.
Antonio Martínez Iniesta
Sevilla, Corpus Christi.
Otra vez.
Otra vez.
Y aunque digan que es la tercera Puerta del Príncipe, uno tiene la sensación íntima de que ha sido la primera. Porque cuando el toreo es verdad, cuando nace desde ese lugar misterioso donde se cruzan el duende y la memoria, todo vuelve a empezar.
Morante no ha abierto una puerta.
Ha abierto un tiempo.
Ha abierto un tiempo.
Un tiempo antiguo, casi olvidado, donde el capote hablaba en voz baja y la muleta no era instrumento, sino lenguaje. Donde cada pase no era una suerte, sino una frase de un poema que se estaba escribiendo en ese mismo instante. Y Sevilla, siempre Sevilla, supo reconocerlo.
Porque la Maestranza no se entrega por costumbre.
Se rinde.
Se rinde.
Y lo hizo. Se rindió a ese toreo que no busca convencer, sino emocionar. A ese trazo lento que parece dibujado con la nostalgia de lo que fuimos y el anhelo de lo que aún podemos ser. A ese torero que, en tiempos de prisa, tiene el valor supremo de detener el mundo.
Lo llevaron en hombros por las calles.
Pero no era un hombre el que caminaba.
Pero no era un hombre el que caminaba.
Era un símbolo.
El símbolo de una tauromaquia que se resiste a morir, que se agarra a la belleza como último argumento, que encuentra en figuras como Morante la razón íntima de su existencia. No fue una salida a hombros, fue una procesión laica, un acto de fe, una declaración de amor colectivo.
Y entonces uno comprende.
Comprende por qué seguimos aquí.
Comprende por qué merece la pena defender esto.
Comprende por qué, cuando aparece Morante, todo cobra sentido.
Comprende por qué merece la pena defender esto.
Comprende por qué, cuando aparece Morante, todo cobra sentido.
Porque él no torea para las estadísticas.
Torea para la eternidad.
Torea para la eternidad.
Y la eternidad, a veces, tiene forma de tarde de Corpus en Sevilla.
Y cuando la noche caiga sobre Sevilla y el albero vuelva a quedarse en silencio, quedará flotando en el aire algo que no se puede nombrar del todo. Como un perfume antiguo, como un eco que no se apaga. Porque hay toreros que pasan… y hay otros que permanecen. Y Morante, en tardes como esta, no solo ha toreado, ha recordado al mundo que lo eterno todavía sucede. No ha toreado para hoy, sino para siempre.
Hoy no ha hecho historia, la ha despertado.






