A los toros de Carabanchel

Madrid, por fin, tiene toros tras más de año y medio sin festejos. Y, además, se recupera la feria de San Isidro, aunque sea lejos de Las Ventas. Lo que, de paso, abre nuevas perspectivas y horizontes.


Paco Delgado

 

Bien es verdad que la idea germinal de este serial fue del por entonces gerente de la Monumental de Las Ventas, don Livinio Stuyck, que, a la vez que quiso que Madrid no fuese menos que Albacete, Logroño o Salamanca -por poner tres ejemplos de ferias de lustre en capitales de provincia-, buscó reunir en un solo abono continuo, coincidiendo con la festividad de San Isidro, todas las corridas de toros que se celebraban en el mes de mayo en la capital de España. Esta primera feria se denominó Feria de Madrid y en su primera edición, en 1947, constó de tan sólo cinco corridas de toros, aumentando progresivamente su composición con el paso del tiempo hasta llegar a los más de treinta que se incluían en el abono isidril en los últimos años.

Pero lo que comenzó siendo un serial distinguido y que no lastraba el resto de la extensa temporada en la Monumental madrileña, acabó derivando en un interminable ciclo en el que, al socaire de su conversión en fenómeno social de inexcusable presencia si se quería presumir de ser alguien en el foro, las combinaciones de interés y atractivo podían contarse con los dedos de una mano -y a veces sobraban dedos…- al priorizar la cantidad sobre la calidad y, sobre todo, la rentabilidad económica, pues al tener el abono asegurado, mas los ingresos extra de la televisión, el beneficio aumentaba en proporción inversa a la excelencia de los carteles. Y, por si no era suficiente, dejando el resto de la campaña empobrecido y ayuno de interés para el gran público, al que  fuera de San Isidro el ir a los toros no aportaba nada, no siendo de extrañar que a los últimos equipos de gestores de la primera plaza madrileña les viniera mal el tener que organizar corridas y novilladas al margen de mayo, algo que significaba perder tiempo, trabajo y dinero, y, en consecuencia y cerrándose el círculo vicioso, apagar el fulgor de la tenida como plaza más importante del mundo.

Un brillo que acabó apagándose con la aparición, sorpresiva, inesperada y devastadora, de la pandemia originada por el coronavirus, que obligó a que ya no se celebrase el año pasado y a que ni se abriesen sus puertas a lo largo de todo el año.

Tampoco había un especial interés en la presente campaña por recobrar la feria, habida cuenta de la inseguridad sanitaria y los recortes en tema de aforo, lo que a efectos contables hacía más fácil no organizar nada y esperar a que escampase.

Pero hete aquí que los Matilla, sin que tampoco nadie lo esperase, de repente se lucen con la presentación de un San Isidro… en Carabanchel, en el remozado espacio que albergase Vista Alegre y que sirvió de trampolín a tantos y tantos toreros. Y en la que ya se dio, en 1968, un serial por San Isidro cuando los Dominguines, aprovechando el desencuentro de El Viti con la empresa que gestionaba Las Ventas, montaron un ciclo paralelo con el torero salmantino, Gregorio Sánchez, Jaime Ostos y Ángel Teruel como soporte y constituyendo un éxito de asistencia, al margen de que todos los días se abriese la puerta grande.

¿Quién dice que ahora no puede suceder lo mismo? De momento, la taquilla parece que ha funcionado, a pesar de la limitación de localidades disponibles y de ser televisado el evento en su conjunto. Y en el aspecto artístico pocos peros se pueden poner. Un abono mucho más razonable que el ya habitual para el San Isidro venteño, con todas las figuras que han comprendido que ahora hay que apoyar y dar la cara, y en combinaciones con atractivo e interés. Una fórmula no por poco frecuente -los intereses empresariales de unos y otros hace tiempo que priman sobre el de los aficionados…- lógica y de sentido común que, ojalá, se imponga. Como ojalá que no sea la última vez que haya toros por el santo en Carabanchel. En tiempos de  globalidad y descentralización no parece mala idea el ampliar la celebración de San Isidro a otros escenarios. Ni perjudicial para la tauromaquia, tan necesitada de nuevas ideas.

Aunque nacido en Madrid y criado en Albacete, ha pasado ya más de media vida en Valencia, donde está afincado desde 1977. Socio fundador, en 1988, de la agencia de publicidad Avance D.P.S.L., sigue ejerciendo en ella como director de publicaciones y llevando el tema taurino en la misma.
Es responsable del área taurina de RNE en la Comunidad Valenciana y corresponsal del diario La Razón. Creador y director desde 1993 de Avance Taurino.

Es autor de más de setenta libros de temática taurina, entre ellos los resúmenes de las temporadas en la Comunidad Valenciana, desde 1994 hasta la actualidad; además ha escrito Historia de la tauromaquia en la Comunidad Valenciana, Una década en el ruedo, Tal día como hoy, El color en el toreo, De seda y oro, Historias de San Isidro, Historia de la plaza de toros de Alicante, Con la pata p’alante, Historia de la feria de fallas, Los toros son cultura ¡Claro que sí!, Caricatoros, Los toros en el siglo XXI, Camiserito… y las biografías de Vicente Barrera Cambra, Vicente Barrera Simó, Julián García, Maribel Atiénzar, Ivarito, Enrique Ponce o el toro Ratón…

Ha dado conferencias por toda España y comisariado y organizado exposiciones para Ayuntamientos, Diputaciones y numerosas entidades de nuestro país.