Estos días es fácil encontrarte, en cada calle, en cada plazoleta, en cada esquina…casi en todos los sitios, con los que creo llaman “mimos callejeros”. Los hay de todo tipo y condición. Algunos, de pena. Otros, en verdad os digo, que vale la pena quedarse a mirarlos un rato por su figuraciòn física e incluso, en algunos que actúan por grupos, la composiciòn tan increible que montan. Ayer, casi en la misma puerta grande de la plaza de toros había una composición de tres individuos que aún me estoy preguntando de qué manera mantenían el equilibrio. No estaban uno soportando el peso del otro, es que apenas se rozaban los tres y los tres parecían como flotar en el aire. No sé de qué iban vestidos, me dijeron que de una de esas pelìculas de ciencia-ficción tan a la moda, pero no me acuerdo del nombre tan raro. Lo que sí sé, es que aquello me pareciò un espectáculo de enorme mérito. Alguíen, sería el listo de la clase, comentò que aquello tenía su truco…vaya hombre, mi gozo en un pozo. Pero ni quiero saber ni me importa si había truco. Me quedo con la escena de ilusión que desprendía aquella terna de mimos. Eso fue al llegar a la plaza. Al salir, en medio de una multitud, alcé la vista para ver si todavía estaban: sí. Pude verlos aunque de lejos. Allí permanecían. Unos artistas.
Los “mimos callejeros” abundan estos dìa, lo he dicho, como también proliferan las churrerías ambulantes. Igual no es así, pero me da la impresiòn que cada año hay más. También en cada esquina, en cualquier plazoleta, en cualquier calle…como los mimos. Churrerías por aquì, churrerías por allá…como los pajaritos de María Jesús, ¿os acordáis? Por cierto, cuando Marìa Jesùs era una niña y su acordeón casi un adulto, se dejaban ver mucho por el Marítimo. Igual no lo sabiais. Pero aquella niña, con su sonrisa ambulante, era una de las escenas propias de las noches veraniegas de Las Arenas y, sobre todo, del puerto. La recuerdo, por ejemplo, en torno al kiosco que hay frente al edificio del reloj, al final de la Avenida del Puerto, frente a Casa Calabuig. Luego se hizo adulta y creo que junto a su inseparable acordeón marchó en busca de los turistas de Benidorm. Todo eso antes del boom del “Baile de los Pajaritos”, que como los mimos callejeros y las churrerìas ambulantes van por aquì y van por allá.
Casa Calabuig…centenaria. No cerraba un solo día al año. ¿Ahora? Otro día os lo cuento.
Por cierto, efectivamente, después de tanta banderilla de El Fandi, alguien dijo “…y ahora, a torear…”
Salut!!!








