Lorca, el poeta que entendió al toro

Hay fechas que no deberían pasar inadvertidas. Hay nombres que pertenecen a la memoria de un país. Y hay hombres cuya obra consigue algo todavía más difícil, sobrevivir al tiempo.

Hoy, 18 de agosto de 2026, se cumplen noventa años del asesinato de Federico García Lorca.


Antonio Martínez Iniesta

Noventa años después, Lorca continúa hablando. Continúa emocionando. Continúa incomodando. Continúa siendo leído. Y continúa formando parte de esa España cultural que no se puede comprender sin la poesía, sin el teatro, sin la música, sin nuestras tradiciones y, por supuesto, sin el toro. Porque hablar de Lorca y hablar de tauromaquia no es establecer una relación forzada. Es hablar de una realidad profundamente arraigada en su obra y en su sensibilidad.
Lorca comprendió que el toro era mucho más que un animal. Entendió su dimensión simbólica, su belleza, su misterio y también esa inevitable relación entre la vida y la muerte que tantas veces atraviesa la cultura española. Y si existe una obra que resume de manera magistral esa mirada es, sin duda, el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.
“A las cinco de la tarde”
Pocas veces unas palabras han conseguido transmitir tanto dolor.
Ignacio Sánchez Mejías no fue solamente un torero. Fue también escritor, intelectual y amigo de muchos de los grandes nombres de la Generación del 27. Su muerte encontró en Lorca al poeta capaz de convertir una tragedia taurina en una de las grandes elegías de la literatura universal.
El toro, la sangre, la arena, la muerte, el duelo, la amistad, la memoria…
Todo está ahí. Y está porque la tauromaquia ha sido, durante siglos, una fuente inagotable de inspiración para artistas, escritores, pintores, músicos y poetas.
Quizá por eso, cuando uno se acerca a la historia de la tauromaquia con una mirada cultural, descubre que no está ante una simple sucesión de toreros, faenas y plazas. Está ante una parte de nuestra historia.
Una historia que comienza mucho antes de las grandes figuras de la Edad de Oro y que llega hasta nuestros días.
El toro de Creta, las representaciones del toro en las distintas culturas mediterráneas, las fiestas populares, las plazas de toros, los tratados de tauromaquia, los grandes maestros y, por supuesto, todos aquellos artistas que encontraron en el ruedo una forma de expresar algo que trascendía al propio espectáculo.
Joselito y Belmonte cambiaron para siempre la manera de entender el toreo.
Manolete convirtió la tragedia en leyenda.
Antonio Ordóñez elevó la estética del toreo a una dimensión casi pictórica.
Paco Camino, Dámaso González, José Tomás, Enrique Ponce y tantos otros fueron escribiendo nuevos capítulos de una historia que todavía no ha terminado. Una historia que hoy, en nuestros días, sigue escribiendo Morante de la Puebla.

Y en medio de toda esa historia aparece también Lorca.

El poeta.
El dramaturgo.
El hombre que supo mirar al toro y descubrir en él una parte de esa España profunda, contradictoria y apasionada que tanto le interesó.
Quizá esa sea también una de las razones por las que, cuando comencé a escribir La grandeza de la tauromaquia, entre historia, tradición y futuro, sentí la necesidad de mirar más allá de la plaza.
Porque escribir sobre tauromaquia no puede limitarse a hablar de toreros.
Hay que hablar de cultura.
Hay que hablar de historia.
Hay que hablar de tradición.
Hay que hablar de arte.
Y hay que hablar también de futuro.
Mi propósito al escribir mi obra fue precisamente ese, reivindicar la grandeza de una manifestación cultural que ha acompañado a España durante siglos y que ha dejado una huella extraordinaria en nuestra literatura, nuestra pintura, nuestra música, nuestra arquitectura y en nuestra propia manera de entender determinadas ideas tan universales como el valor, la belleza, la vida y la muerte.
Lorca me recuerda que esa mirada es posible.
Que se puede hablar del toro desde la poesía.
Que se puede hablar de la muerte de un torero desde la literatura.
Que se puede convertir una tarde de toros en memoria universal.
Y que la tauromaquia, cuando es contemplada desde la cultura, adquiere una dimensión que algunos se empeñan en ignorar.
Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue vivo.
Vive cada vez que alguien abre La casa de Bernarda Alba.
Vive cada vez que alguien recita sus versos.
Vive cada vez que alguien vuelve al Llanto por Ignacio Sánchez Mejías.
Y, de alguna manera, también vive cada vez que en una plaza un torero se enfrenta al toro y convierte unos instantes de riesgo, valor y belleza en algo que trasciende el tiempo.
Por eso hoy no quiero recordar solamente al Lorca asesinado.
Quiero recordar al Lorca creador.
Al Lorca que entendió que la cultura de un pueblo también se encuentra en sus símbolos, en sus tradiciones y en sus contradicciones.
Al Lorca que supo mirar al toro.
Y al poeta que, con sus palabras, nos dejó una de las más grandes obras que jamás se hayan escrito sobre la muerte de un torero.
Noventa años después, Federico García Lorca sigue hablando.
Y nosotros seguimos escuchándole.
También en la plaza.

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