Es ley natural. Todo pasa y nada queda, que recitaba Machado. La vida sigue su discurrir impasible e imparable y la acción del tiempo, inevitablemente, tiende a borrar multitud de biografías, historias, conceptos y ejemplos tenidos en su día como inamovibles y ahora condenados a pertenecer al pasado y, en más ocasiones de las que serian deseables, olvidadas a pesar de lo útil de sus enseñanzas.
Quién se acuerda de Salomón? y no me refiero al gran Salomon Burke, uno de las principales figuras del R&B, autor de los mundialmente famosos Cry to me o Everybody needs somebody to love, que popularizaron Wilson Picket o los Blues Brothers. Ni hablo de las Islas Salomon, enclave británico en Oceanía, descubiertas en 1568 por el navegante español Álvaro de Mendaña. Ni de Salomón Rondón, el futbolista venezolano, actualmente triunfando en el fútbol mejicano después de haber estado en la liga española defendiendo los colores de la U. D. Las Palmas. Ni siquiera de Salomón Vargas, aquel torero gitano precursor, y hasta preceptor en cierto modo, de Curro Romero y Paco Camino. No. Hablo de Salomón, hijo de David, a quien sucedió en el trono de Israel tras sus más y sus menos con su medio hermano Adonías, y cuya proverbial sabiduría llevó a su reino al mayor esplendor.
También tuvo este personaje un gran y admirable concepto de la justicia y ecuanimidad, dos términos que parecen hoy en día si no mera fantasía sí algo abstracto y que se miden según el color del cristal con que se miren y, como el propio Salomón bíblico, también ahora arrumbados. Es tan corto el amor, es tan largo el olvido, decía Neruda…
Y así parece que ha sucedido en la recientemente finalizada tercera edición del Circuito Valenciano de Novilladas, que si ya no tuvo en cuenta los intereses de muchos aficionados al programar su calendario, haciendo coincidir varias de sus fechas con eventos anunciados antes en otras plazas, su jurado evaluador dejó fuera de la final al único novillero que había salido a hombros en las dos semifinales, dicen las malas lenguas que para procurar un finalista de cada una de las tres provincias valencianas. Y ese mismo jurado, del que sólo conozco a uno de sus integrantes -una persona equilibrada, consecuente, prudente y buen aficionado- se lució al conceder el título de vencedor del certamen a Marco Polope. Y no porque el novillero valenciano no lo mereciese, claro que sí: en los tres festejos en los que intervino mostró una notable progresión, dejando ver muy buenas maneras, temple, sentido de la colocación, elegancia, buen gusto, cabeza clara, valor más que suficiente… y porque, además, había cortado una oreja de cada uno de los novillos lidiados en Villena en la dichosa final.
Lo malo, y el agravio, y lo ya irreparable, es que el otro gran candidato al título, el castellonense Ian Bermejo -que sólo ha toreado en esta campaña las tres novilladas en las que ha intervenido en el Circuito- únicamenente pudo lucir ante un novillo, su primero, al que cuajó una faena vibrante, alegre y valiente por la que le concedieron las dos orejas de un novillo al que apuró de cabo a rabo. Estaba, pues, en inmejorables condiciones para haberse alzado con el triunfo pero… el utrero que cerró plaza salió descoordinado, sin poder mantenerse prácticamente en pie. Al no haber ya sobrero -uno de los previstos se inutilizó en el apartado y el otro se había lidiado sustituyendo al inválido segundo- no cabía posibilidad alguna de cambio, viviéndose a continuación un espectáculo bastante deplorable, con un animal moribundo al que ni se picó ni banderilleó, arrastrándose por la arena y al que, obviamente, no se le pudo dar ni un muletazo. Así las cosas, con los tres novilleros a la espera del veredicto -recuérdese que Bermejo había cortado dos orejas en su único turno- fue de ver la cara de asombro, pasmo y desolación que se le puso al de La Alcora cuando se anunció que el vencedor era Polope…
Si la FTL, organizadora de la prueba, no previó aquella contingencia, no creo que hubiese sido tan descabellado considerar triunfadores ex aequo a los dos. Pero ya se sabe, ¿quién se acuerda a estas alturas de Salomón?





