Daniel Luque fue el triunfador de un mano a mano deslucido por el viento.
Castellón, 29 de marzo
Quinta de la feria de La Magdalena.
Dos tercios de entrada.
Toros de Santiago Domecq, bien presentados y de buen juego. El tercero premiado con la vuelta al ruedo.
Daniel Luque (de tabaco y oro), ovación, dos orejas y silencio.
Tomás Rufo (de azul noche y oro), oreja, silencio tras aviso y silencio.
De las cuadrillas destacó Fernando Sánchez.
Paco Delgado
Foto: Mateo
La feria de La Magdalena enfiló su tramo final con un enemigo inesperado. Y peligroso: el viento. Hizo mucho aire en movimiento en esta penúltima función del abono y eso se dejó notar. No en vano se ha dicho siempre que el peor enemigo del torero no es el toro, que es un colaborador y cooperador necesario, sino el viento,que impide manejar los trastos y deja al descubierto a los de coleta. Y molestó, ademas, no poco al ganado. Quizá nos lleve el viento al infinito, planteó como posibilidad Gonzalo Torrente Ballester, pero en esta quinta entrega del serial magdalenero hubo una certeza y el viento nos llevó al desperdicio de una buena corrida de Santiago Domecq y del esfuerzo, entrega y fases de buen toreo de Luque y Rufo.
Ya tuvo problemas Daniel Luque con el capote al recibir a su un tanto distraído de salida primero, un colorao muy bien hecho al que costó llevar al caballo, luciéndose su matador en un quite por muy ajustadas chicuelinas rematadas con una media de manos por el suelo. Fue muy prometedor su inicio de faena, con una serie interminable de estatuarios a los que respondió el toro con fijeza y obediencia. Luego fue acortando el viaje y los remolinos de aire interrumpieron un trasteo que tuvo muchos altibajos y no remontó.
Hizo sonar el estribo el tercero, más terciado y blando, al que vació su inesperado arranque con una serie al natural ante de brindar su muerte al público, unciéndole luego al trapo al torear en redondo y apurando al animal toreando al natural en un trasteo poderoso y dominador que remató con una estocada sin puntilla que le valió las dos orejas de un toro premiado muy generosamente con la vuelta al ruedo.
Más apagado el quinto, con el que porfió y tiró de voluntad y ganas en busca de un lucimiento que no llegó a pesar de su pundonor y amor propio.
Dos largas de rodillas antes de una serie de delantales a cámara lenta fue la declaración de intenciones de Tomás Rufo al recibir a su primero, que no se empleó en varas. También de rodillas, con media docena de derechazos, abrió su quehacer muleteril, luciendo al torear con mucho temple y largura por el pitón derecho pero con menos limpieza cuando lo hizo al natural, sin acabar de macizar su obra.
Romaneó el cuarto, que se le coló con peligro a Rufo en el quite. Rebrincado en el último tercio tuvo sin embargo fijeza y buen son, dejando que el espada toledano luciese al torear con la derecha cuando el viento se lo permitió. Por el pitón izquierdo le costó más, aunque insistió por ese lado pese a que le era muy difícil manejar las telas, finalizando metido entre los pitones una labor de muy largo metraje que malversó con el estoque.
No se resignó a salir por su pie y lo intentó todo con el claudicante sexto, pero entre la poquísima fuerza del animal y con la climatología en contra su turno se fue en probaturas.









