Una nueva ola de normativas dictadas desde la distancia amenaza con reescribir la vida del campo y las tradiciones que lo sostienen. Entre borrascas, barro y nieve, el mundo rural sigue cumpliendo con su deber mientras, desde cómodos despachos urbanos, se pretende legislar sobre realidades que no se conocen. Quienes quieren gobernar a los animales sin haber pisado nunca una dehesa, ahora ansían prohibir la entrada de los menores a los toros.

Las últimas borrascas que han azotado España han dejado un panorama gélido. Ventiscas, lluvia y nieve han castigado gran parte del territorio, y el campo bravo no ha sido una excepción. El toro no sabe de climatología adversa y pide su ración de comida diaria. Los vaqueros tienen que revisar alambradas, cercados y lotes jornada a jornada, bajo un sol abrasador o soportando la nevada sobre sus cuerpos. Y, mientras ellos trabajan en las peores condiciones meteorológicas, desde sus despachos de ciudad bien acondicionados, los animalistas de salón pretenden, y lamentablemente demasiadas veces logran, dictar las reglas que la sociedad debe cumplir en materia animal: cómo y dónde se debe tener una mascota, si es mejor esterilizarla con una inyección que caparla, si se le pueden cortar las orejas y el rabo a un perro, se ordena que las gallinas vivan con amplitud y buena temperatura, que los mastines no duerman con el ganado ovino, que no se cacen jabalís (hasta que se convierten en plaga), que no se efectúe la matanza del cerdo y no sé cuántas consignas más que, en muchos casos, han acabado con tradiciones ancestrales del mundo rural, el que sostiene al urbano.
Y, entre la redacción de una insustancial norma y la siguiente más inútil, los animalistas de salón sacan a pasear a sus gatitos y a sus perritos enfundados en llamativos jerséis de lana sobre un carrito de bebé. Ellos, que nunca han pisado una mierda de vaca en el campo, que nunca han salido de casa al alba para preocuparse por la manada, que no saben diferenciar un Jandilla bajo una encina de un Victorino junto a un olivo, mandan sobre la gente rural de los animales de toda la vida. Paradójico y preocupante.
Preocupante porque no tienen ni idea y meten la pata fastidiando a los propios animales y a sus verdaderos guardianes. Y todo porque sólo miran por sus intereses ideológicos y económicos, que por algo muchos de ellos ocupan cargos bien remunerados en ciertas asociaciones y también como asesores políticos en diferentes Ministerios. Por cierto, que ahora el Ministerio de Juventud e Infancia pretende prohibir la participación y asistencia de menores de edad a actividades y eventos taurinos. El argumento no puede ser más inconsistente: un islandés asegura desde la ONU que tiene pruebas que vinculan la normalización de la violencia con la exposición a los niños a cualquier forma de crueldad contra los animales.
Pruebas no las tiene porque no las hay. Porque digo yo que nada tendrá que ver la crueldad contra los animales, que se entiende que es algo gratuito e insensible, con el toreo, que es cultura, ceremonia, respeto, liturgia y arte, aunque haya quien no lo entienda ni conciba. Y en eso precisamente estriba la democracia, en la libertad y el respeto a los demás, aunque sean de ideologías no compartidas. Pero no, un islandés, desde su confortable despacho de Reikiavik, que no ha visto una ganadería ni en fotografías y que no ha asistido a una corrida en su vida, afirma que los toros son perjudiciales para los niños. Y la Ministra española se lo compra porque le viene bien a su ideología y a los intereses de su partido, sin atender al resto de la ciudadanía. Y, en vez de defender lo suyo, lo español, se pone a tramitar una reforma de la Ley con el objetivo de prohibir el acceso de los menores a los espectáculos taurinos. Nada de escuchar primero a los padres que tienen derecho a educar a sus hijos al amparo de su cultura, ni a los profesionales del sector, ni a los aficionados de ahora y los de siempre. No, directamente se les insulta asegurando que son violentos en potencia, desoyendo la realidad de siglos y siglos, de tatarabuelos, abuelos y nietos que fueron sensibles y animalistas de verdad, de los que entendían a los animales y se desvivían por ellos, como los ganaderos de ayer y de toda la vida.
Que dejen al hombre del campo encargarse del campo, o nuestros hijos comerán insectos y algo parecido a alimentos preparados en un laboratorio. Que dejen a los padres encargarse de la educación de sus hijos, o, en las dehesas, en vez de toros sólo habrá placas solares, y la luz cada vez más cara. Aunque eso es lo que quieren, prohibir, prohibir y prohibir, y seguir ocupando la poltrona de un poder impío, opresor y castrante.






