Morante nunca se fue del todo, aunque se marchara de repente. Su retirada fue un silencio brusco que descolocó al toreo; su regreso, anunciado de súbito, torna a sacudir las certezas de una tauromaquia que gira, para bien o para mal, alrededor de su nombre. Entre la genialidad, la fragilidad y el arrebato, Morante prosigue y nos devuelve a ese territorio donde su arte y su cabeza no entienden de lógica.

Decidió parar porque así se lo mandaba el corazón. Porque su cuerpo no podía seguir. Fue un arrebato, un impulso, un quite que le dictaba su cabeza, que no aguantaba más, que necesitaba detenerse porque no soportaba la presión de una temporada intensa macerada con problemas mentales serios y perennes. Se fue sin pedir nada a cambio, sin una campaña de despedida haciendo caja y recogiendo halagos y homenajes. No sopesó las consecuencias a terceros. No pensó en las complicaciones que dejaba a empresarios ni en la orfandad que provocaba en la afición y en la tauromaquia actual. Tampoco midió la sombra que proyectaba sobre la marcha de un compañero que había anunciado su adiós ese mismo día. No pudo calibrar nada de eso porque fue una frenada en seco, un plante, una rendición; sin análisis, sin estrategias. Cosas impredecibles del seso a las que no se les puede buscar la lógica, ni juzgar, quizá ni justificar.
Y en aquel momento, mientras él se desprendía de la coleta que colgaba de su maltrecha cabeza, yo me agarraba la mía, sin entender qué estaba ocurriendo, ignorando las interioridades y los sufrimientos de aquella persona, perplejo ante el acto que estaba presenciando; cuando mejor estaba toreando, cuando más gente arrastraba a las plazas, cuando más reconocimiento había alcanzado; inconsciente todavía del panorama que se avecinaba para la confección de las futuras ferias y para la ilusión de los aficionados. Y sentía que mi testuz también se trastornaba como la suya.
Ahora, tres meses después de aquella decisión, ha anunciado que vuelve. Vuelve en Sevilla por abril, el Domingo de Resurrección, y hará dos paseíllos más en la Feria y otro el día del Corpus, una fecha perdida que el nuevo empresario de La Maestranza quiere recuperar. ¿Y quién mejor que Morante para reavivarla? En eso siempre estuvo comprometido, en reanimar citas aletargadas, en resucitar ilusiones, en vivificar tirón taquillero. Él se echó la temporada sobre los hombros cuando la pandemia asoló los tendidos. Él devolvió notoriedad a alguno de los encastes olvidados. Él ideó unas fiestas taurinas en su Puebla del Río que han sido un éxito para los nuevos valores y para el público. Él se ajustó con los grandes patronos y con los más modestos para que los carteles tuvieran atractivo y las taquillas color.
Anuncia que vuelve sin dar explicaciones, tal y como se marchó. ¿Un arrebato, un impulso? Cosas sorprendentes de la cabeza. Y yo me vuelvo a agarrar la mía sintiendo que se trastorna como la suya. ¿Es seria una reaparición sin apenas haber desaparecido? Quizá no lo sea. Pero tomo aire y no le busco la lógica, ni lo juzgo; tampoco lo justifico. De momento es bueno para el empresario que le ha contratado, por ahora, cuatro tardes. No se sabe si habrá más porque eso sólo dependerá de su mente, de lo que aguante la presión, de cuándo le dicte un nuevo quite. Imprevisible.
Los males del cerebro son más complicados y graves de lo que, en principio, se pueda imaginar. Cosa seria que merece el máximo de los respetos. Gloria a Morante, aunque tanta ida sin acabar de irse y tanta vuelta sin acabar de haberse marchado me está volviendo loco.







