Afortunadamente fue otra cosa. Ponce lo vio inmediatamente, como no podía ser de otra manera. Cuando llegó el culmen de la faena y afloraron las “poncinas”, el éxito estaba más que asegurado. Lo remató de una gran estocada y a sus manos fueron a parar las dos orejas.
Unos minutos antes la gente se vió sorprendida con un castillo de fuegos, más bien breve, pero de una gran belleza. Duró solo unos minutos y por la noche cuando se lo comentaron a Ponce en la cena de despedida, Ponce manifestó:
Bueno, Enrique, será un chico de Chiva pero demostró que es un gran aficionado y además sirvió para que el broche final de tu despedida en Valencia fuese antológico.









