Después del capote, varas, banderillas, y la faena de muleta, llega la hora de matar. Victoriano Posada describe el siguiente episodio que vivió en la plaza de Salamanca.
Tirando de pico. Si no hay espadas, bastos
“Toreaba con un novillero que se apodaba “Sevilla” y que no conseguía acabar con el novillo a la hora de matarlo. En la primera entrada a la hora de matar, el estoque quedó “haciendo guardia” en el novillo. Pidió otra espada, que quedó enhebrada. No pudo sacar ninguna de las dos y se acercó de nuevo al callejón para pedir otro estoque. Se dirigió al mozo de espadas y le dijo: Dame otra espada.
Respuesta del mozo de espadas: Pero si no hay más espadas.
Y un banderillero que estaba cerca exclamó: Pues si no hay espadas, dale bastos”.









