Le sucedió a Emilio Ortuño “Jumillano”. Cuando iba a torear y entraba en un restaurante y olía a alcohol, recibía una cornada.
Así lo contaba el propio diestro: “Un día en San Sebastián, en el año 1954, estuvo lloviendo toda la mañana. Fui a misa y regresé al hotel plenamente convencido de que la corrida se iba a suspender. En el comedor del hotel mi comida no pudo ser más frugal: tortilla y un pescado hervido. Me vino el olor a alcohol, pero pensé: bueno, hoy no me importa, sigue lloviendo y la suspensión es segura.
La corrida era a las tres de la tarde. A las dos cesó de llover, salió el sol y no hubo suspensión.
Mi segundo toro cornea a Michelin, mi banderillero. A Chicuelo II lo estampa contra la pared, quedando entre los dos pitones, que el toro clavó en la barrera, con los dos puñales a la altura del pecho, sin más consecuencias.
Termino la faena de muleta, me coge por un muslo y me pega una cornada en el recto… Me cago en la mar. Ya se podía haber suspendido esa maldita corrida”.
Repito, el olor a alcohol…









