El traje de luces es clave dentro de la liturgia.
Algunos vestidos han sido recibidos con veneración por sus nuevos propietarios. Como le ocurrió a Agustín Parra “Parrita” según cuenta su hijo. En el año 1944, Manolete, que un año más tarde le daría la alternativa en Valencia, le regaló a Parrita un verde y oro, que tenía un agujero a la altura del muslo izquierdo por una cornada que había recibido unos días antes. “Arreglaron el traje y mi padre se lo puso en Zaragoza, donde un novillo de Clairac de pegó una cornada en el mismo sitio”.
Increíble. Increíble, pero cierto.









