Sorpresa, conmoción, asombro, admiración, trastorno, emoción, entusiasmo… eso debe ser el toreo. Calidad concentrada, nada de cantidad diluida. Intensidad y no cuantía.

Si la satisfacción del público dependiera del tiempo de duración de un festejo, los asistentes a las dos primeras funciones de la feria de Fallas hubiesen salido de la plaza más que contentados. Si los toreros cobraran por número de pases pegados, los actuantes en las dos primeras funciones de la feria de Fallas se hubiesen llevado una bolsa más que importante. Si la emoción estuviera subordinada a la cantidad, la catarsis colectiva hubiese provocado incontables infartos durante las dos primeras funciones de la feria de Fallas. Pero la satisfacción del público, el caché de los toreros y la emoción, tienen que ver con la intensidad, con la calidad, nunca con la cantidad.
Nueve avisos sonaron en la novillada inaugural del ciclo. Podría pensarse que la circunstancia venía provocada por la bisoñez de los actuantes. Pero el día siguiente, con tres matadores experimentados y toros de Victorino Martín, llegaron a escucharse siete avisos, y eso que los Albaserradas de la A coronada son animales que suelen requerir faenas entregadas y breves.
Si al excesivo tiempo de duración y a la desmedida cantidad de pases pegados se le suma la falta de emoción vivida, el resultado no puede ser más soporífero y desalentador. Y no hay nada peor para el toreo que el aburrimiento, una sensación que jamás debería vivirse en una plaza de toros. Desde luego que hubo momentos para la ilusión en la novillada y para el sobresalto en la corrida, pero, en general, la monotonía y el letargo invadieron el coso valenciano en el arranque del ciclo fallero.
Dice el refranero que “lo bueno si breve dos veces bueno”, y afirmaba el maestro Antoñete que “lo que tenga que ser, pronto y en la mano”, algo aplicable también a la mesura de las faenas. La boyantía de la mayoría de astados actuales permite que los toreros pasen mucho tiempo ante ellos sin, aparentemente, tener que realizar un esfuerzo descomunal. La justeza de fuerzas de muchos toros provoca que los coletudos tengan que comenzar afianzándolos poco a poco en labores que acaban eternizándose.
Lo primero que necesita la tauromaquia para ser vivida con intensidad es un toro encastado, y seguidamente que a los chavales de las escuelas taurinas se les explique que este arte va de calidad; calidad artística o de valentía, que ambas llevan a la emoción. No se puede salir de un coso después de casi tres horas sentado en un banco de piedra soportando el frío, el viento o el calor, intentando recordar algún pasaje interesante para consolarse.
Por supuesto que los más aficionados siempre encuentran momentos para la esperanza; pero la tauromaquia, si quiere mantener la clientela y ganar adeptos, no puede permitirse ser un espectáculo largo y liviano porque eso va en contra de su esencia. El toro debe ser ese animal bravo del que hay que cuidarse, nunca cuidarlo, y los toreros deben ser los héroes admirados que se enfrentan a ellos con determinación.
Por ese camino el toreo tendrá larga vida; por el de la monotonía extensa malos augurios le esperan. Torear es apostar, quedarse quieto, citar, templar, mandar, jugársela sin demoras, de forma inmediata, aprovechando el efecto sorpresa. Otra cosa es pegar pases. Dieciséis avisos en dos tardes, qué horror, y sin apenas nada para el recuerdo, eso es lo peor. Por favor, que alguien grite: ¡tiempo!









