Con una infumable corrida de La Palmosilla.
Murcia, 12 de septiembre.
Primera de feria.
Media entrada.
Toros de La Palmosilla, el primero como sobrero.
Antonio Ferrera (blanco y oro), vuelta y oreja.
David Fandila El Fandi (azul noche y oro), oreja y oreja.
Manuel Escribano (verde y oro): ovación tras aviso y palmas.
Manolo Guillén
Foto: Toromedia
Tibia Puerta Grande para El Fandi en su regreso a la Feria de Murcia tras varios años de ausencia. El empresario Ángel Bernal le dio chance en recuerdo a sus grandes hitos en esta plaza con motivo del “cartel de toreros banderilleros”, donde sigue teniendo su gancho.
No será esta su salida a hombros más recordada. Paseó una oreja de cada toro de su lote por dos faenas de poco contenido reseñable. En su primero, como premio a un final de faena populista después de un trasteo en el que le costó confiarse con un mazacote que empezó apoyando mal una mano y que terminó embistiendo con claridad. En el quinto, brilló con las banderillas e intentó parar al toro corriéndole para atrás, como en sus tiempos mozos. Lo detuvo, sí, pero se le vino nuevamente y le sorprendió en el desplante. A partir de ahí el toro de La Palmosilla desarrolló un molesto cabeceo y el trasteo no pasó a mayores taurinamente hablando.
Con mala pata había empezado la feria. Y nunca mejor dicho porque el primer toro se fracturó la pata derecha y tuvo que ser sustituido por un sobrero de la misma ganadería, más alton y con menos ritmo en las embestidas. Antonio Ferrera dio la vuelta al ruedo tras una faena que no llego a tomar cuerpo para cortar la oreja, en la que dibujó algún muletazo aislado de buena factura con otros más livianos y de recurso.
Escaló al tendido para brindar el cuarto a Rafaelillo, con barba y convaleciente de la fractura de costillas que sufrió en los sanfermines de 2025. El extremeño había subido a lomos del caballo de picar para (casi) no picar, en un generoso intento de levantar la tarde. Compartió tercio de banderillas con el banderillero calasparreño Pascual Mellinas. Y después le dio fiesta a un toro que tampoco terminó de colaborar, para pasear una oreja a la voluntad después de dos pinchazos y una estocada caminando desde larga distancia en esa suerte de su invención.
Acostumbrado a lidiar con toros de otra calaña, Manuel Escribano se djo el gustazo de torear para él a su primero. Indagó en redondo y al natural y luego le dio fiesta para la gente. No acertó con la espada y el descabello, escuchó un aviso y perdió el triunfo.
El sexto fue infumable a pesar de que Escribano se justificó y evidenció los pelendengues del torito más feo y contrahecho que probablemente haya salido al ruedo de La Condomina en muchos años.





