Pablo Hermoso de Mendoza y Nek Romero pasearon una oreja cada uno en un festejo con variados argumentos.
Valencia, 15 de marzo
Quinta de feria. Más de media entrada.
Toros de Carmen Lorenzo para rejones, manejables, Juan Pedro Domecq para lidia a pie, bueno el primero y parado el otro, y novillos de Talavante, terciado pero acometedor el tercero y encastado el sexto.
Pablo Hermoso de Mendoza, ovación y oreja.
Morante de la Puebla (de sangre de toro y pasamanería blanca), ovación y silencio con algunos pitos.
Nek Romero (de negro y oro), oreja y vuelta al ruedo tras aviso.
De las cuadrillas destacaron Curro Javier y Joao Ferreira.
Paco Delgado
Fotos:Mateo
Tres parte tres tuvo el quinto festejo fallero, reuniendo, en un sólo espectáculo, rejoneo, toros y novillos pero sin mas competencia en ninguna de esas tres partes tres de que se compuso que la tuvo cada uno de los protagonistas consigo mismo. Tres maneras de entender y ejecutar el toreo, dos orejas y una verdad irrebatible: torear es una disciplina tan especial como difícil y complicada.
Tras 37 años de alternativa, y 27 de su debut en Valencia, Pablo Hermoso de Mendoza vino a fallas para despedirse de la afición valenciana, que siempre le admiró y veneró, prueba de ello es que antes de comenzar la función se le hizo entrega de una placa de reconocimiento y homenaje.
Y volvió a dejar constancia de su maestría y temple al parar a su primero, así como al llevarle a dos pistas, exhibiendo una doma y una monta impecables, de alta escuela, aun a costa de agotar a su oponente, al que le costó luego mucho acudir al cite.
Ahorró castigo al cuarto en el primer tercio, luciendo luego al recorrer el ruedo con el toro pegado a la cola de su caballo Berlín y al banderillerar con Malbec. Gollerías.
Cuatro verónicas y una media provocaron la primera ovación para Morante, vestido a la moda decimonónica, que repitió la suerte en el quite. Comenzó su faena al hilo de las tablas para salir luego poco más allá de las rayas para torear con la lentitud que impuso el toro, noble y pastueño pero de embestir cansino, permtiendo al de La Puebla firmar un trasteo breve pero tan peculiar como más que suficiente que remató con una habilidosa estocada al paso, buscando sus segundos de publicidad el irritante antitaurino holandés, que saltó al ruedo apenas dobló el toro.
Intentó estirarse también al veroniquear, pero sin lucimiento, al quinto, al que dieron lo suyo en varas, llegando a la muleta a la defensiva y parado. Motivos más que suficientes para que Morante cortase por la sano y en menos que se tarda en contarlo se lo quitó de enmedio sin que la gente se enfadase demasiado.
El primer novillo de Nek no tuvo ni presencia ni fuerza pero echó mano a José Manuel Más en banderillas. Le entendió muy bien su matador, llevándole con parsimonia y suavidad, dejando dos tandas de naturales de trazo largo y pulso firme que pusieron a la plaza en pie y una oreja en sus manos al tirar al novillo patas arriba de una estocada fulminante.
Puso a la gente de su parte al recibir al sexto con verónicas semigenuflexas y una bonita revolera y al quitar tirando de repertorio. Brindó a sus compañeros de cartel y al público le dedicó una faena irregular y larga, pero de poco contenido, sin acabar de someter a un novillo encastado que no le puso fácil el estar ante él. Pero echó ganas y derrochó disposición en una porfía poco limpia pero sincera, buscando al final la puerta grande con un manojo de adornos rodilla en tierra que no sirvieron para nada al pinchar, amorcillarse luego el novillo… y fallar hasta tres veces el puntillero. El tres, número cabalístico del toreo, era también el número de la tarde.











